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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El mito de la “vagina dentata”

Qui quod mihi vita carior est ipsa mentula?”. Quédense con esta frase (si pueden) porque resume como ninguna otra la concepción antigua (y, por tanto, actual) de lo “verdaderamente” importante del mundo. Pertenece a un epigrama del poeta latino Marcial (siglo I d.C.), concretamente a unos versos del Libro XI epigrama 20. Su traducción sería más o menos la siguiente; ¿Qué voy a hacer si aprecio más mi pene que mi propia vida?”. Y, ya puestos a hacer preguntas: ¿qué puede haber de más temido que perder lo más importante?, ¿qué le espera a alguien que cuando quiere hacer uso de lo que da sentido a su existencia, “eso” no responde? El horror.

Para un antiguo romano, y esto vale para un griego y sigue valiendo para muchos de ahora, la inoperatividad, la derrota o la incapacidad de lo que simboliza su virilidad es el más cruento de los males. Esto refleja dos cosas muy a las claras: la primera es el dominio del falo en cualquier análisis, opinión o valoración que se  quiera hacer de la condición sexuada humana (la “falocracia”) en una cultura que, por ello mismo, es patriarcal, pues el hombre simboliza la totalidad y el pene es su metonimia más flagrante. La segunda, igual de interesante que la primera, es que cualquier cosa que atente contra la integridad de la “cosita” debe ser inmediatamente anulada, reprimida, condenada. Y nada pone más en riesgo y en cuestión la potencia y capacidad de un pene que una vagina… y, por extensión, el “bicho” que la posee, es decir, la mujer. La mujer puede ser objeto de deseo pero, antes que eso y con mucha más intensidad, es objeto de temor; es el enemigo a controlar, a paralizar, a condicionar, es la alteridad que pone en cuestión mi mismidad en forma de falo.

 

Del phallus a la mentula

Ya de muy antiguo, los hombres descubrieron algo (tampoco había que ser muy listo para ello); el vigor y la altanería de un “phallus” o de un “fascinus” (términos latinos que designan al pene en erección, al falo) se desvanece hasta la nimiedad de la “mentula” (el pene) al salir de la vagina tras el coito. Su “potencia”, que es la del hombre, acaba tarde o temprano pero  irremisiblemente en “impotencia”. Al soberano falo sólo le espera la retracción, el recogimiento, la derrota y a su poseedor, la “post coitum tristitia”; la aceptación de la impotencia, de la retirada, del irse con el rabo entre las piernas. La vagina es la “criptonita” del superhéroe, su antimateria contra la que nada puede, la bestia invencible que “chupa” su aliento vital (el esperma) hasta hacerlo languidecer. En este marco de comprensión es donde surgen las leyendas sobre la “vagina dentata”.

La vagina dentata: un mito apoyado en la ignorancia y propiciado por las ideologías ascéticas, misóginas y puritanas

No hay prácticamente cultura alguna que no contemple en alguno de sus más remotos mitos la existencia de una vagina dentada que emascula a quien por allí se atreva a aventurarse. El miedo a la castración es, como venimos refiriendo, el terreno que posibilita la concepción de que algunas mujeres, allá abajo, entre los labios, esconden dientes. Y quien dice algunas mujeres quiere decir que “cualquier” mujer puede tenerlos. Porque el horror, el enemigo y el problema, como hemos insistido, más que de vagina es de mujer.

Es un mito ocurrente, bien apoyado mitológicamente en la ignorancia y la praxis mal entendida del coito, y enormemente propiciado por todas las ideologías ascéticas, misóginas y puritanas que han querido (y han conseguido) hacer de la mujer el gran otro desconocido, el animal voluble e impredecible que, cuando menos te lo esperas, te apuñala por la espalda (o lo que es peor, por lo bajo). Entender una vagina como las puertas del infierno, con la dentellada del perro Cerbero como guardián es, quizá, la estupidez que más daño les han hecho no sólo a las mujeres sino a la propia humanidad y la “vagina dentata”, en sus múltiples manifestaciones pero en su univoca concepción, es una muestra más a las claras de por qué el mundo es hoy lo que es.

Prometo que no volveré a escribir un artículo empezando por un latinajo… pero es que, a algunas mujeres, en la sesera nos sobran los dientes (y las ganas de morder); “o tempora o mores” (¡perdón!, se me escapó).


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