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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Las mujeres y la testosterona

La virilidad entre los antiguos griegos y romanos se manifestaba en cuestiones parejas. Por ejemplo, tener la tez bronceada y el cuerpo atlético pero no porque así se pretendiera (el cuidado “cosmético” del cuerpo era signo inequívoco de feminidad) sino como la lógica consecuencia del esfuerzo en la intemperie; en combate, tampoco había que manifestar “temblores”, dudas o inquietud excesiva (desde la más tierna infancia, esos rasgos eran provocados para ser detectados con prontitud) sino ardor combativo. No se podía llorar bajo ninguna circunstancia (en Grecia, existían normas que recomendaban, en caso de no poder contener el llanto durante un duelo, el vestirse de mujer).

Entre los romanos, era importante el saber nadar con soltura y en todos los estilos actuales y, con relación a las pilosidades, el tener pelo suficiente y por todo el cuerpo (lo cual no impedía ni la depilación ni las modas; los romanos arcaicos preferían el pelo largo y la barba mientras que en la época imperial, se podía llevar el pelo corto y el rostro afeitado). Pero la característica común que más marcaba la “vir” (lo propio de la virilidad) era el ser un elemento siempre activo sexualmente (igual daba con hombres o mujeres pues ellos no diferenciaban gustos); en el coito, siempre “dar” y nunca “recibir”, ser felado pero nunca felar (aplicable también a realizar el cunnilingus que era una práctica de “afeminados”). Y asociado a este papel “activo”, el que nunca decayese el vigor sexual y mantuviera siempre activo su deseo. Esa caracterización de la virilidad se apoya en gran parte, además de factores culturales, en algo que los antiguos desconocían: la testosterona… y posiblemente lo que también desconocían es que, además del concepto del “continuo de los sexos” (que implica que todos, hombres y mujeres, participamos en mayor o menor medida de lo “propio” de los otros sexos), las mujeres también tenemos esa hormona “mágica” que produce esas masculinas maravillas.

Las mujeres tenemos y segregamos testosterona del mismo modo que los hombres, pero en niveles menores

Las mujeres tenemos y segregamos testosterona  del mismo modo que lo hacen los hombres, si bien los niveles son mucho menores en nosotras (entre un 10 y un 50% más bajo según los criterios de “normalidad” establecidos). Es una hormona básicamente generada por las gónadas (testículos y ovarios) y su función en los aspectos relativos a la sexualidad es amplia y variable (desde el deseo erótico hasta el desarrollo sexual) pero, en ningún caso, se limita a cuestiones relativas a nuestra sexualidad, pues la testosterona es vital en muchos otros aspectos de nuestra existencia, tanto biológicos como de actitud o ánimo. El hecho de que las mujeres tengamos menos niveles no significa indefectiblemente que esta hormona no opere de la misma manera e intensidad cuando sus niveles son óptimos (los que solemos tener entre 18 y 25 años); una mujer puede tener en sangre un treinta por ciento menos que un hombre y eso no significa que sienta, por ejemplo, menos deseo sexual que él, sencillamente porque la testosterona opera en sinergia con otras hormonas y procesos endocrinos propios de cada género (no por tener más dinero en el banco uno es más rico, la riqueza estará en función de la relación de ese parámetro con otros como la deuda o el gasto).

Lo que produce esos niveles más altos en los hombres son los llamados caracteres sexuales secundarios que conforman la discutible categorización de “masculino” (eso que destacaban los antiguos); desde el timbre de voz más grave, a mayor superficie corporal cubierta de vello, tener la masa muscular más poderosa y marcada, etcétera. Esa posible “masculinización” (olvidando que los niveles de suplementos de testosterona que se pueden emplear en tratamientos son bajos, nada que ver, por ejemplo, con los casos de tratamiento hormonal en personas transexuales, tendentes, éstos sí, a “masculinizar” al sujeto o confundiendo, por ejemplo, la testosterona con el uso de anabolizantes sintéticos), el creer que la academia médica no tiene muy estudiado el cómo se comporta la testosterona en nosotras, además de cuestiones como las aprensiones a posibles efectos secundarios o a creencias como que, en nosotras, sólo sirve para aumentar el deseo sexual, es lo que hace que las mujeres tengamos reticencias a suplementarnos con esta hormona, siguiendo siempre el criterio de un especialista.

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La testosterona bioidéntica en mujeres: un gran recurso a tener en cuenta

Pero el incremento de ese conocimiento clínico de la testosterona en mujeres (incluido aquí los posibles efectos secundarios, según dosificación así como estos protocolos de utilización), además de la utilización de testosterona “bioidéntica” (equivalente a la humana), están empezando a hacer que la testosterona aplicada en mujeres empiece a ser un recurso muy a tener en cuenta, especialmente en los casos de una menopausia quirúrgica súbita (como efecto de una histerectomía radical, por ejemplo) o simplemente para mejorar, a determinadas edades, algunos indicativos de déficit hormonal; caída del deseo sexual, apatía general, falta de energía, pérdida de materia ósea y/o de masa muscular, etcétera. No es que se trate de una panacea para todas las circunstancias y mujeres pues conviene recordar, por ejemplo, que el deseo sexual femenino es enormemente complejo y dependiente mucho más de aspectos culturales que puramente biológicos, pero sí que puede ser una herramienta combinada de extraordinaria utilidad para favorecer uno de los mayores retos a los que hoy nos enfrentamos, que no es tanto el aumentar la longevidad sino el preservarla con la máxima calidad de vida.


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