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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Grabarse durante el sexo y colgarlo en la red: ¿por qué?

Si a alguien del siglo XVIII le hubieran dicho que llegaría un tiempo en el que uno se haría una foto a sí mismo comiéndose una hamburguesa con kétchup, posiblemente (después de preguntar qué es eso de una “foto”…) preguntaría si nos hemos convertido todos en gilipollas. Si, además, le hubiéramos dicho que el objetivo de dicha monumental instantánea del kétchup no es conservarla como un recuerdo privado sino divulgarla y hacerla pública a los cuatro vientos (como las bendiciones papales urbi et orbi de su tiempo o los edictos reales) y que, para motivo, lo mismo vale el kétchup que un mojito, un acantilado o el Taj Mahal, siempre que salga uno mismo haciendo cualquier cosa que se le antoje, entonces se le hubieran disipado las dudas y podría afirmar con rotundidad que sí, que nos hemos vuelto todos gilipollas.

Sin embargo, quizá, una duda rondaría en su cabeza; ¿has dicho cualquier cosa que se nos pase por la cabeza?, podría preguntar después de interesarse por qué carajo es eso del kétchup, el mojito y la hamburguesa. A lo que se le contestaría que, prácticamente sí, que cualquier cosa que a uno se le ocurra que puede hacer gracia o reportarle “seguidores” o “likes y que algunas grabaciones de actos delictivos conllevan una pena pero, que aun así, hay algunos que, en su afán de llamar la atención, las siguen exhibiendo. Ahí quizá se le iluminaría la cara y, entre grotesco e incrédulo, volvería a preguntar; ¿y la gente hasta graba y divulga sus momentos del fornicio?. Y ahí hubieran tenido que responderle con una nueva afirmación, antes de que, con un gesto de incredulidad, mandara a paseo a su interlocutor.

 

La centralidad del yo

Lo de “grabar”, es decir, intentar retener por ejemplo una imagen, una melodía o una sucesión relatada de hechos para los fines que se estimen oportunos (incluso para que perduren eternamente en el ojo público), ya se hace desde que nos dimos cuenta de que teníamos memoria. Lo de que eso “retenido” fuese un acto sicalíptico, también. Era lo que, por ejemplo, hizo Pierre Choderlos de Laclos cuando escribió “Las amistades peligrosas” o lo que hizo el Marqués de Sade cuando redactó las páginas de “Justine o los infortunios de la virtud”. Sin embargo, las diferencias conceptuales entre esos ejemplos de obras literarias con lo que hacemos ahora con una cámara digital serían tan abismales e incomprensibles en esa época que es de comprender la desconcertante conclusión (lo de son Vds. gilipollas).

Por ejemplo, y por no extenderme ni hablar del desarrollo tecnológico, lo de la actual “centralidad del yo”; en las obras reseñadas, ni Choderlos de Laclos ni Sade son “ellos mismos” (ni aunque así lo manifestaran) los que exponen su privacidad erótica a lo público por un único, simple y trascendental hecho de exponerla. Cuando nos grabamos voluntariamente durante una interacción sexual y especialmente cuando lo hacemos con vistas a hacer pública esa grabación, más allá de los implicados, estamos practicando una peculiaridad erótica que no es la que mostramos en las imágenes grabadas y que se antepone a ella. Esa peculiaridad erótica (que, por ejemplo, las actrices y actores porno practican con más asiduidad que el coito) tiene un nombre: es el exhibicionismo. Un exhibicionismo, además, con dos peculiaridades dentro del amplio espectro de esta particularidad: lo que se expone no es “parcialista” (por ejemplo, unos genitales), sino que es mi yo (y en ese “mi yo” antepuesto, mis genitales) y la segunda particularidad de este exhibicionismo de la era digital es que se contenta con “mostrar”, dejando de lado el deleite radical y el morbo del exhibicionismo tradicional; el “ver”, el ver la reacción del otro al mostrar lo propio.

Al exhibicionista “tradicional” le fascina la reacción que produce el haber sido “pillado”; apreciar la mirada del otro es lo que da sentido a su “mostrarse”. El exhibicionismo, como todas las eróticas “improductivas” (las que no buscan como finalidad la generación que reclama el modelo reproductivo), ha tenido tradicionalmente mala prensa y, consecuentemente, su catalogación ha oscilado entre el pecado y la parafilia, si bien en estos últimos tiempos y porque nuestra existencia se ha convertido en el puro exhibicionismo de nuestra existencia, parece haber ganado (salvo delictivas excepciones) en valoración y adeptos hasta diluirse, en muchos casos, como asunto que merezca especial catalogación clínica o moral. Cosa que a servidora le parece estupendo porque, por lo general, esas auto grabaciones no son impositivas y están a disposición según la voluntad del que las quiera ver, de esa figura también un tanto desdibujada en líneas generales en nuestros tiempos del “voyeur”, que requiere de algo que, también, hoy se pierde en el consumo de auto filmaciones eróticas a libre disposición; el morbo de saber que el otro sabe que están mirando.

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Carta en la mesa está presa

A nuestro viajero del tiempo también le hubiera sorprendido una cosa de tan peculiar práctica. El que lo volcado de lo privado a lo público no pudiera destruirse nunca (como sí se podría haber destruido, por ejemplo, el Partenón); desde el momento que se hace pública cualquier cosa (una auto grabación erótica, por ejemplo), ésta puede ser utilizada indefinidamente y cuando se le antoje por cualquiera. En algunos juegos de cartas se emplea una expresión cuando uno de los jugadores pone una carta sobre el tapete para inmediatamente intentar retirarla por haber visto con posterioridad a su acción una jugada que le resulta más conveniente. En estos casos, se le recuerda de modo sancionador que “carta en la mesa está presa”, es decir, que no hay marcha atrás, que no hay “tweet” que, una vez puesto, se borre del todo por más que lo pretendas porque te hayan nombrado Papa de Roma. Y esa es la sanción con la que suele castigar ese espacio sagrado que es lo público cuando alguien lo pisa con los pies sucios u olvidando con las prisas el calzado… La palestra comporta siempre una llamada a la responsabilidad; a saber lo que se dice y lo que se muestra (a mostrar con la propiedad, el respeto y la reflexión debida) y a tener el coraje de asumir eso que se dice y eso que se muestra en el cuadrilátero independientemente de por dónde vengan las tortas. En caso contrario, nos advierte lo público, mejor quedarse en casa viendo porno amateur…


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