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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Mi hija/o empieza a masturbarse

Una de las máximas preocupaciones de unos padres es que su hija/o despliegue convenientemente su potencial humano en todos los ámbitos de su existencia. Así, cuando el bebé empieza sus primeros balbuceos (empieza a desarrollar su lenguaje como elemento de comunicación y comprensión con y del mundo), ya creemos oír entusiasmados un perfectamente inteligible “mamá” o “papá”. Y eso, lógicamente, nos satisface. Cuando consigue por primera vez mantenerse en pie y dar unos titubeantes pasos (empieza a coordinar la necesaria movilidad que le permitirá desplazarse como bípedo), le animamos, le estimulamos para que progrese en su aprendizaje. Y eso, lógicamente, nos satisface. Cuando resuelve acertadamente su primer problema o juega convenientemente con un juguete en lugar de morderlo (demostrando una incipiente capacidad cognitiva) o cuando empieza a hacer preguntas sorprendentes (demostrando la curiosidad intelectual que le permitirá progresar intelectualmente) o cuando hace por primera vez pipí en el váter (demostrando que está aprendiendo las pautas sociales), le premiamos y nos satisfacemos. Marcamos en la pared su crecimiento porque nos satisface que crezca y le gratificamos con el ratoncito Pérez cuando cae su primer diente de leche, porque nos satisface su desarrollo orgánico. En todos esos progresos, mantenemos una actitud vigilante y tutorial, pero no represiva porque no queremos coartar y mucho menos impedir que hable, ande, potencie su intelecto o desarrolle su organismo. Muy al contrario; queremos que lo haga y que lo haga de la mejor manera posible.

 

Cuando aparecen los primeros indicios de desarrollo de su sexualidad, solemos transmitir a nuestra/o hija/o nuestra concepción conflictiva del sexo

Si con lo anterior nos cae una lagrimita cada vez que vemos un progreso en nuestra hija, con los primeros indicios de desarrollo de su sexualidad, nos cae una gota de sudor frío. La primera vez que nuestra hija se toca en exceso la vulva o se frota con su osito aparentemente sin motivo o cuando nuestro hijo estira o juguetea con excesiva frecuencia con su pequeño pene, o cuando ambos observan de una manera “distinta” el cuerpo desnudo de sus papás y la niña pregunta el por qué papá tiene “eso” entre las piernas y ella no, mucho más que nuestra satisfacción, lo que parece ponerse en marcha son todos nuestros mecanismos de alerta.

Mientras todo lo anteriormente citado lo entendemos como una exploración y un aprendizaje de las potencialidades que le permitirán una adecuada entrada en la vida en cuanto humano, esto último parece que lo leamos como un signo de su deterioro moral y una entrada en el mundo de la depravación humana. Creemos que nuestra/o pequeña/o no está empezando a devenir un sujeto funcional y apto sino que está perdiendo su “inocencia” (como si empezar a hablar, andar o comprender no fuera también una pérdida de “inocencia”, es decir, como si eso fuera una caída, si a la etimología de “inocencia” nos referimos, en el mundo de los “culpables”, de los que “pueden hacer daño”). Y nos volvemos ya no vigilantes sino híper vigilantes y ya no tutoriales sino represores. Y esa creencia (siempre latente por más que creamos que la hemos superado) y esa actitud frente a ella, lo único que hacen es transmitirle nuestro espanto y nuestra concepción conflictiva del sexo, hacer que lo entiendan, como lo entendemos nosotros; como un problema y no como un valor que le va a permitir amar, vincularse y gozar cuando el progreso de su sexualidad se lo permita. Tampoco se trata, porque lo hayamos leído en algún sitio, de incentivar o de intentar acelerar el desarrollo de su sexualidad, del mismo modo que no intentamos hacerle correr la maratón cuando da sus primeros pasos ni recitar el “Cantar del Mio Cid” cuando empieza a balbucear o realizar cálculos trigonométricos cuando empieza a comprender el mundo. De lo que se trata es eso tan endiabladamente difícil en este terreno de su existencia de dejarla/le crecer. Marcar unas mínimas pautas morales de convivencia social (igual que le enseñamos lo del pipí en el retrete o a no eructar en público) que ya, de por sí, él/ella mismo/a va a pretender en cuanto relacione su incipiente sexualidad con la intimidad.

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Para nuestra/o hija/o, no hay nada sucio ni nada culpable en su exploración

Uno de los primeros “síntomas” del desarrollo de la sexualidad de nuestra hija es la masturbación. Sucede que los adultos entendemos por esto algo que no es en absoluto comprendido igual por nuestra hija en esos primeros tanteos. Para nosotros, es algo finalista (tendente a procurar el orgasmo), mayoritariamente entendido como algo sustitutivo (del coito o de una interrelación sexual con alguien) y que explora los más oscuros rincones de un controvertido imaginario erótico. Nada de esos tres conceptos existe en la cabeza de nuestra/o pequeña/o cuando empieza a tocarse; no tiene la más remota idea de lo que es un orgasmo, no sabe (y si lo supiera, vomitaría) lo que es un coito y no tiene que recurrir a fantasías sexuales o a deseos eróticos para hacerlo. Nada “sucio” (ni nada culpable) hay, de partida, en su exploración… En esos momentos, su “inocencia” sigue estando a salvo. Pero, tal son nuestra cerrazón y nuestra incapacidad por ponernos en su cabeza, que hasta nos cuesta concebir que nuestra/o hija/o se está tocando los genitales de manera voluntaria antes incluso de decir “mamá” o “papá”, pues el desarrollo de su sexualidad corre paralelo y es tan incipiente como el de su personalidad. Y eso no sólo es conveniente y necesario sino que es bueno para su progresión estable como persona.

La gran mayoría de dificultades sexuales que encontramos en adultos, como por ejemplo, la anorgasmia o el deseo “hipo activo”, se nutren en los espacios restrictivos y coercitivos que se producen en ese primer aprendizaje. Y son dificultades sexuales que coartan y condicionan, como una mala dicción, una falta de cultura social o un excesivo ensimismamiento en lo propio, lo más preciado de un ser humano: el relacionarse con sus congéneres… Y eso sí que es un signo de alerta y no lo que nos alerta.


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