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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Por qué los hombres se duermen tras el sexo

¿Por qué muchos hombres se quedan dormidos después del sexo?

“¿Os habéis acostado?”, “¿habéis dormido juntos?”, son preguntas incriminatorias que los amantes realizan a sus parejas con el fin de averiguar si han mantenido relaciones sexuales con un tercero. Pero si analizamos un poco el sentido de esas preguntas, no apelan tanto a deducir si se ha producido una interacción sexual sino algo incluso más íntimo y que se entiende subsecuente a la cohabitación erótica; si han compartido el sueño. Y aquí entra la doble acepción de “sueño”; la que hace referencia al dormir y la que refiere a generar una fantasía en forma de proyecto o de deseo estimulante que nos impulsa a perseguirlo. Y, en ambos casos, se incrementa la desagradable sensación de que la persona que creíamos exclusivamente apegada a nosotras en esta doble actividad ha desviado, en su máxima amplitud, su intimidad hacia otro/a. Y es que si íntimo es compartir un intercambio genital de goces y afectos exhibiendo encuadres comprometidos de su propia desnudez, no menos íntimo es el “after party” regido por el sueño; bien sea por el dormir bien por el soñar. Si en el sexo se entrega la privacidad, después la privacidad se comparte y se consolida. Por eso, más que el “eso” en sí, el amante celoso y despechado se preocupa tanto o más por el “después de eso”. Y nada de lo que allí haya pasado le puede satisfacer, pues sólo el hecho de pasar le descompone.

La eterna cruzada por diferenciar los sexos…

Tras interactuar sexualmente, pueden darse diversas actividades entre los amantes, y esa variabilidad de actividades parece que a la episteme de la sexualidad humana también le interesa. Y no sólo le interesa como circunstancia “sexual” sino como elemento de diferenciación entre géneros. En la cruzada por diferenciar los sexos, normalmente mucho más novelesca y sensacionalista que real, el “después” parece ser otro de los factores de indudable diferenciación entre ellos y nosotras. Eso ayuda a consolidar ciertos tópicos que intentan constreñir a un ser humano, con una extraordinaria complejidad, a una categoría de género; haces esto, luego eres mujer, haces lo otro luego, eres hombre. Entre estos lugares comunes, está el que, tras la pasional entrega carnal, los hombres, cual gladiadores victoriosos en las arenas del circo, se entregan a la paz del guerrero, es decir, se duermen como ceporros y nosotras, inmaculadas receptoras tejidas de emociones, cariños y dependencias afectivas, sólo queremos mimitos, comprensión y un empalagoso amparo. El desencuentro, el nuevo desencuentro está servido. Cuando una ha follado (y hasta dormido) con un número suficiente que equivaldría a “más de unos cuantos”, sabe que esa aurea regla de varón duerme y la hembra suspira, no se cumple en una frecuencia que merezca elevarse a la categoría de “ley natural”. En mi modesta opinión, la creencia de que los hombres se duermen indefectiblemente tras el sexo, se debe únicamente a que nos repetimos sin cesar que los hombres se duermen tras el sexo. Eso no implica que una actividad sexual satisfactoria no induzca al sueño, del mismo modo que también lo hace a la risa, a la pueril valoración (“¿te ha gustado, my love?”), a la complicidad de afectos, a la melancolía post-coitum, a abrir la puerta de la nevera o a fumarse un pitillo (si es que todavía se puede decir en público “pitillo”…).

Los orgasmos de película más famosos

No faltan los estudios que vienen a ratificar este tópico

La interacción sexual es una actividad compleja como muy pocas en la que se ponen en juego factores físicos y culturales, bioquímicos, hormonales y afectivos. No faltan los “estudios” psicológicos, neuronales y endocrinos que vienen a ratificar que el hombre es aquello que, además de animal racional o bípedo sin plumas, se duerme tras follar. Muchos de esos “estudios” se apoyan en esto tan de moda de las hormonas; que si a los hombres le afecta de distinto modo que a nosotras la serotonina, la vasopresina, la noreprinefina, la oxitocina, y la prolactina conformándoles el más eficaz somnífero descubierto hasta la fecha, que si ellos necesitan de un periodo refractario y el sueño es el estado reparador que les permite los embistes del día siguiente, que si la actividad física en ellos es muy exigente y el agotamiento los adormila (prueben a hacer treinta flexiones justo antes de acostarse y verán cómo les dan las seis de la mañana con los ojos como platos…). Pero, en fin, no será servidora la que niegue que haya una mayor proporción de hombres que mujeres que tienden, tras algunos de sus encuentros libidinales, a dormirse con más facilidad, aunque tampoco seré quien lo afirme… pues el tema viene a traerme un poco al pairo. Tampoco negaré que, en caso de sopor, se pueda producir en el agente despierto una sensación de incomodidad; el consabido “ya tienes lo único que querías y ahora te das la vuelta y te echas a dormir”, pero lo que sí prefiero sostener es que si nuestra pareja masculina tiene ganas de dormir, lo más probable que indique es que tiene sueño. Y ahí es donde entra el asunto en cuestión que no es tanto si los hombres tienen sueño en “el después” sino el por qué hay personas que interpretan indefectiblemente el sueño de la pareja como un despecho y otras que parecen no saber mostrar esa soporífera inclinación sin ofender a nadie. Pues es verdad que hay gente que ofende sólo por dar los buenos días y otras que, como el chiste, cuando les preguntas; “¿qué tal?”, te responden airadas con un “¡pues anda que tú!”… Pero a estas dos se las arregla, por lo general y cuando se puede, más con cultura que con estereotipos y hormonas. Y me vuelvo a acordar del “ars amandi” y de la educación sexual, y me pregunto si no conforma también parte de nuestros valores cívicos y éticos el aprender a saber conciliar el sueño sin despreciar a nadie ni sentirse despreciada…. Y luego, si se duermen más los de Villaviciosa de Arriba que los de Abajo, pues mire Vd. como que lo que Vd. y su “estudio” digan.

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Además…

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