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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Una pareja, divirtiéndose

Las micro-infidelidades

Un metro es la distancia que recorre la luz en el vacío en 1/299 792 458 de segundo. Ese es el actual patrón de medidas de longitud, la unidad principal que sirve de relación a todas las demás. Antes, hubo otros patrones, como una barra de platino e iridio que se conservaba en París en la Oficina de Pesos y Medidas o la diezmillonésima parte de la distancia que separa el polo norte del ecuador terrestre.

Todas esas unidades tienen algo en común; el que con mayor o menor precisión miden exactamente un metro… porque ellas son el metro. Si, por ejemplo, en 1950 había que certificar una distancia de un kilómetro, esa distancia debía ser mil veces superior a la barra que mencionábamos, pues ese era el patrón en ese momento y esa es la función de cualquier patrón; el ser la referencia a partir de la cual se pueden establecer comparaciones y equivalencias.

En el tema de la infidelidad no existe un patrón, sencillamente porque no es una medida objetiva sino una percepción subjetiva (del mismo modo que una persona puede manifestarse y sentirse hombre o mujer independientemente de sus genitales pero no tiene sentido el que manifiesta que mide un metro noventa si mide un metro cincuenta y tres centímetros).

Además, si pudiera existir algo parecido a la unidad de la infidelidad, en ningún caso podría ser universal y aplicable, por tanto y como sí lo es el metro, tanto en Alcorcón como en la parte meridional de la provincia de Ulán Bator y tanto a si convives en una pareja liberal a si sois numerarios de la Orden del Santo Chubasquero Púrpura. Y esa universalidad, evidentemente, nunca podría darse. Y cuando no hay un patrón, es decir una unidad de referencia, es absurdo establecer una equivalencia con referencia a ese patrón.

El prefijo “micro” significa en griego “pequeño”, pero en el Sistema Internacional, el que emplea la ciencia, se refiere a lo que es un millón de veces más pequeño que la unidad (o el patrón). Obviamente, en el subjetivo mundo de las infidelidades, se pueden hacer trastadas pero también se pueden hacer auténticas cabronadas, pero es ridículo el medirlas como si del tamaño de un pepino se tratara. Hablar de una “deca-putada” para valorar cuantitativamente una infidelidad “gordita” o de “tera-putada” cuando la infidelidad adquiere tintes de cabronada mayúscula, es una “peta-gilipollez”… Salta a la vista. Y es que mal que nos pese, hay cosas que no se pueden medir.

Escribía Shakespeare en un soneto; “Desgraciado amor aquel que se pudiera medir”… Desgraciado y vacío, pues un amor cuantificable en la escala métrica ni es amor ni es, tan siquiera, medida. Eso no es óbice para que haya tontos del haba que pueden decir que están “chipirifláuticamente mega-enamorados” y otros que pesarosos se quejan de estar sometidos a “micro-infidelidades”…. Y es que el espectro de la tontería es como el de algunos antibióticos: amplio, amplio.

Ya no somos un colectivo de semejantes sino un cúmulo de sospechosos

Pero muy pocas veces las tonterías son inocentes y menos si esas tonterías no las hace un niño en un mal día sino que se pretenden institucionalizar y convertirse en el mecanismo que nos dé sentido al mundo.

El origen del término “micro-infidelidad” parece, ¿cómo no?, provenir de la más reciente deriva de la psicología y debe servirles a los popes para designar cualquier acción que categorice aquello que no alcanza la infidelidad pero ya la contiene en sí misma. Brillante. Entre las ominosas acciones que merecen semejante epígrafe está lo que hasta un niño de teta se imagina, es decir, aquellas que sin ser “infidelidades” (sólo serían susceptibles de devenir “pre-infidelidades chiquititas”; “pre-chating very very small” por si a algún otro psicólogo le interesa cambiar de nombre), camuflas u ocultas un poco a tu pareja por tener la cena en paz. Desde mirarle el culo a tu vecino y silbar “Strangers in the night” cuando el legítimo se gira, a tener una conversación picantona con un buenorro que irrumpe en tu twitter y no correr solícita a mostrársela al padre de tus hijos, hasta, ¿por qué no?, masturbarte pensando en el repartidor de butano…

Es decir, lo que todas/os, a poco que estemos vivos y existentes (y tengamos butano en casa) hacemos treinta y cuatro veces al día. La falta de inocencia que enunciábamos de esta bobada estriba precisamente en eso; en criminalizar y culpabilizar una acción que ni implica maldad alguna ni desapego afectivo y que, precisamente por eso, es de uso común. Y cuando crees o te convencen de que algo que no hace daño lo hace, y ese algo lo ves (y lo haces) a todas horas, entonces el mundo deviene para ti (para todos nosotros) no un colectivo de semejantes sino un cúmulo de sospechosos.

El compañero cambia su “sentido” para devenir, con esta estúpida escala métrica de las infidelidades, un enemigo al que hay que vigilar mucho más que besar porque el “mal” habita en él y en cualquier momento aflorará en forma de unidad métrica para meterte la vara de platino por el recto. Y esa vocación de coartar, cercenar y dinamitar nuestra capacidad erótica de relacionarnos con los demás en nombre de inmaculados (y afortunadamente inexistentes) valores tiene un nombre; puritanismo.

El más rancio, manipulador e intransigente puritanismo que empieza por sancionar lo “micro” pero acabará imprimiendo penitencias y mortificaciones a lo “nano”. Cuando mañana por la mañana, después de que tu compañero te bese en la cama, se duche, se cambie de calzoncillos y se afeite para salir a la calle, ¡cuidado!, la micro-infidelidad puede no estar en el móvil que acabas de espiarle para ver quien le sigue hoy en Twitter sin que te lo haya dicho sino en la posible intención siniestra de su cambio de ropa interior… A saber para qué quieres ponerte calzoncillos limpios, ¡golfo!

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Además…

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