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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Virilidad del hombre

Reflexiones sobre la virilidad

La virilidad ha sido de antiguo un propósito. Un lugar simbólico y representativo hacia el que tenía que tender lo masculino, una especie de marchamo de calidad a lo “pata negra” y un modelo y patrón de reafirmación de las cualidades, apariencias y acciones a los que todo hombre que se precie de serlo debe aspirar a lograr. Una “virtud”, en definitiva, la gran “virtud” podríamos decir, pues tanto “virtud” como “virilidad” se apoyan etimológicamente en el mismo concepto de partida; la “vir” latina. Que yo sepa, no existe un equivalente en lo femenino. Femineidad o feminidad remiten a las características atribuibles a la propiedad de ser una fémina, pero no a la exaltación, al paradigma, al paroxismo virtuoso de lo que debe ser lo femenino. Y es que en esto de las virtudes también se produjo una metonimia; lo que es conveniente para el hombre y sólo para él, es conveniente para todos los humanos. Eso no implica que no exista, especialmente construida por parte del hombre, una exaltación moral y formal de lo que debe ser lo femenino (que nosotras asumimos en su momento y seguimos asumiendo), pero “eso” no tiene un nombre específico más allá de designarlo adjetivando cuantitativamente lo femenino; “es muy femenina”, por ejemplo. Lo femenino, con relación a la virilidad, fue en la creación mítica de este término la antimateria, lo opuesto, lo que construye la virilidad por oposición, por negación, por exterminio. Nada atenta más contra la virilidad que lo “afeminado”. Pero la femineidad también ha sido el complemento estético en la representación de lo propiamente viril; el automóvil de gran cilindrada, el reloj costoso, el caballo y el cigarrillo rubio o el coñac y las patillas largas (cuando eso se llevaba)… y la mujer despampanante (la “velina” berlusconiana) y conveniente y satisfactoriamente sometida a lo que la virilidad había decidido que debía ser su femineidad. Complementos todos publicitarios puestos al lado del varón, única y exclusivamente para resaltar su virilidad. Pero también la virilidad, y por contradictorio que pudiera parecer, ha devenido en ocasiones la aspiración propia de lo femenino; de Pentesilea a la “Dama de hierro”, siempre han existido mujeres que quisieron y quieren llevar a su exaltación la virilidad propia, ser más papistas que el Papa, ser más viriles que el más viril de los hombres. La virilidad, como todos los modelos representativos, tiene y exige dos características. La primera es que está en continua evolución en el tiempo y las culturas; lo que aquí ayer era viril hoy es machista, lo que aquí hoy es viril antes de ayer era afeminado. El segundo requerimiento es que la virilidad es imperativa, exigente y sofocante hasta la extenuación; renegar de su significado en un tiempo, no seguir sus dictatoriales requerimientos es verse excluido del grupo primario al que uno cree pertenecer (lo masculino en este caso).

¿Qué es y era “ser viril”?

El término latino “vir” (que, como decíamos, da origen a palabras como “virilidad” y “virtud”) significa “hombre”, pero en su acepción de “macho” (para referirse a “hombre”, sin emplear esa condición, se utilizaba “homo”). A veces, se empleaba también para designar al esposo, otras los órganos sexuales masculinos pero, en cualquier caso y por su significado primordial (“macho”), reunía en su significado todas las características físicas y morales que lo masculino en cuanto a individuo sexuado y a individuo social debía poseer. En Roma, el prototipo de eso es el “togatus vir” (el ciudadano con toga) que, para adquirir ese estatus de viril debe cumplir los requerimientos de la virilidad; someter y nunca ser sometido, ser dominante y nunca dominado, ser pudoroso en mostrar sus emociones de fragilidad y nunca expresivo en ellas, primar su colectivo sobre su propia vida y poseer ardor guerrero y fogosidad combativa sin mostrar nunca debilidad o cobardía. Estas son, a grandes rasgos, las caracterizaciones de la virilidad que podríamos denominar “estables”, en relación a que pese a ser las propias romanas, ya les precedían y han experimentado muy pocas variaciones a lo largo del tiempo y las culturas. En Roma y en el terreno sexual (posiblemente el territorio, junto a la guerra que viene a ser comprendida del mismo modo, donde más se manifiesta la virilidad) y en el de las relaciones de pareja, eso significaba el ser siempre el elemento activo en las interrelaciones sexuales (que se produzcan con mujeres u hombres), satisfacer sus propios deseos sin atender a los de la amante que eran sencillamente irrelevantes e imponer la autoridad (y responsabilidad) que se desprende de su “vir” y de su condición de “pater familias”, sin permitir ningún signo de debilidad igualitaria para con su esposa y amantes (sean estas y estos últimos del género que sean; que un hombre se acueste con otro siempre que se atenga a las normas ciudadanas y a las exigencias de la “vir” no es signo alguno de femineidad). Donde más diferencias podemos establecer entre tiempos y culturas no es en el conceptual núcleo duro de lo considerado viril sino en sus manifestaciones representativas; así, valga de ejemplo, el que mientras en los griegos el mostrar su desnudez en la palestra o en las competiciones gimnásticas permitía manifestar su virilidad, entre los romanos era visto como algo impropio el exhibirse, en ninguna circunstancia, desnudo. Del viril requerimiento de la violencia bruta y el cuerpo musculoso y pesado de los torneos medievales pasando por el cuerpo esbelto y fibroso para el buen uso del espadín o la pistola y las estrategias de manipulación del clasicismo hasta la actual “dulcificación” (y hasta “feminización”, dirán algunos) de las potencias en las maneras viriles, todo han sido manifestaciones de ese concepto fascinante que es el de la virilidad y que explica, para el que lo quiera entender, la inmensa mayoría de los actuales conflictos y problemáticas que se establecen en eso tan complejo de la relación entre los sexos.

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