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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Pareja sin hijos

¿Qué es el movimiento ‘childfree’?

Vivimos tiempos tan “cristalinos” como desconcertantes en los que todo planteamiento puede tener su predicamento en la otrora reservada a la excelencia esfera pública. Hoy, todo (desde una genialidad hasta una sandez) puede devenir una causa a la que afiliarse, un manifiesto en el que, por fin, radicalizarse, un sitio en el que poder decir, henchido de satisfacción, “yo pertenezco a vosotros”. Y es que la oferta de “refugios” en estos tiempos es proporcional a la necesidad de refugiarse o, dicho de otro modo, cuando uno duda de quién y de dónde viene, los clubes sociales proliferan. Una de esas causas que, en los últimos años, parece tomar vigor como “novedoso” planteamiento identitario y proyecto de vida es la amalgama de opiniones y creencias que se organizan en torno al titular de “Childfree movement”. En su literalidad, “movimiento libre-de-hijos”, en su conceptualidad; organizaciones y planteamientos que propugnan y abogan por la no procreación como opción electiva. Un planteamiento que, de forma más o menos adscrita, parece tener un creciente seguimiento, vistos los índices de natalidad en nuestras sociedades y un planteamiento que, de partida, no puede decirse que no sea, al menos, razonable vistas también las condiciones de vida que nos acompañan en nuestras sociedades del llamado “bienestar” (o quizá sería más conveniente decir del “ex bienestar”…). Y es que en el mundo del “sálvese quien pueda”, lo de establecer vínculos y compromisos altruistas parece que se reserva más para las vacaciones. Cierto es, del mismo modo, que el planteamiento “childfree” puede entenderse también como un consecuente movimiento reactivo laico a la exigencia de origen religioso y semítico (especialmente cristiano) que aboca por aquello tan controvertido de “poblad la tierra y sometedla” y del hacer, especialmente en el caso de las mujeres, de la maternidad, la única e impositiva fórmula de realizar su propia existencia. Pero lo cierto es que del primigenio “childless” (“menos hijos” o “sin hijos”) se ha pasado a una connotación más radical en las proclamas, pues lo de “free” podría entenderse en castizo como “nada de nada”. Ello no implica, según indica la sensatez y las declaraciones de los que en ese grupo ideológico se identifican, que exista en ellos ninguna especie de “paidofobia” o de rechazo concluyente a los niños, es sólo a la idea de concebirlos y las exigencias que ello conlleva.

Una decisión que se toma cada vez antes y de manera irreversible

Es importante señalar a partir de ahí dos cuestiones; la opción de no concebir se hace efectiva en el momento en el que los métodos de anticoncepción se vuelven eficaces o en el momento en que éstos alcanzan una eficacia lo suficientemente alta. Para una mujer que viviera, por ejemplo, en la Castilla del siglo XII, lo de concebir o no quedaba mucho más que en sus manos (o piernas) en manos del Altísimo (y éste parece que es propenso a lo de “alumbrar”). Es decir, de casi nada le hubiera valido el declararse como “childfree” pues, si bien la anticoncepción no es nada nueva ni siquiera lo es el firme planteamiento de no tener hijos, para que de verdad devenga una opción, hay que establecer los mecanismos culturales y tecnológicos como para que esta decisión sea realizable de facto. Una segunda cuestión es que, al día de hoy, hay múltiples maneras, tiempos y recursos de llevar a cabo esa decisión y, como siempre sucede, las formas en las que hacemos algo nos explican más que los argumentos en los que se apoyan ese hacer. Una puede decidir no tener hijos y usar, por ejemplo, la píldora, o bien una puede decidir no tener nunca más hijos y hacerse, por ejemplo, una ligadura de trompas. La primera “solución” para fidelizarse a su propósito es reversible, la segunda es irreversible, por lo que el sentido común dictaría que, para la segunda, y salvo situación fuera de nuestro control como enfermedad, siempre hay tiempo. Un tiempo necesario para barruntar la opción que hemos tomado, para afianzar nuestra convicción o para ponerla en cuestión. En relación a esto parece que lo significativo no es que la tendencia a no tener hijos se incremente sino que lo verdaderamente significativo, a mi parecer, es que esa decisión se toma cada vez antes y de manera más irreversible. Y, lo que a mi parecer establece esa circunstancia es un incremento de la radicalización de una posición que suprime el tiempo de maduración de esa posición. Hay diversos documentales y testimonios sobre el aumento constante de, por ejemplo, jóvenes varones que, con apenas dieciocho años, solicitan ya una vasectomía… Y eso es un tanto inquietante, no porque vaya a suponer, como diría algún visionario tremendista, que vaya a ser el fin de nuestra especie, sino porque manifiesta una tendencia social más preocupante y real; la fanatización. Y es que hay algo que un joven no siempre sabe; que le queda mucho tiempo de existencia, que lo que hoy es indiscutiblemente azul puede tornar a morado y que ese cambio de criterio no será una debilidad en sus convicciones sino el bendito reflejo de su desarrollo en cuanto ser humano.

El no tener hijos es una decisión absolutamente respetable y hasta encomiable, pero si los tenemos (y todos los tenemos aunque no seamos padres), procurémosles el habitar una sociedad que no les exija creer, a los que lo único que les sobra es tiempo, que el tiempo se les acaba.

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