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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Los hombres van al grano

¿Van siempre al grano los hombres?

La expresión “ir al grano” tiene su origen, lógicamente, en las labores del trillar y en esa tarea de “separar el grano de la paja” (vaya de aquí en adelante, lo de “paja” y salvo que indique lo contrario, en sentido literal). Así, se entiende que del trigo, lo verdaderamente importante es el grano y el resto, los residuos que se desprenden en el proceso de su obtención, se catalogan bajo el genérico epígrafe de “paja” y se considera algo sin importancia, sin ninguna utilidad y hasta un incordio para eso tan fundamental de obtener lo que se pretende. Por todo ello, convendría pensar que, cuando decimos hasta la saciedad que los hombres “siempre van al grano”, lo que estamos considerando, sin quizá darnos cuenta, es que los hombres buscan siempre conseguir con el menor esfuerzo lo que “de verdad” es importante (el coito, el orgasmo o lo que sea). Y eso implica un error de partida; el creer que, en las interacciones sexuales, hay “pajas” (aquí valen ambos sentidos del término) y “grano”. En realidad, en una interacción sexual, todo es “grano” y nada es desechable, pues no considerarlo así es hacer de un encuentro amoroso una situación finalista y teleológica (es decir; con un único objetivo muy determinado), y si eso vale para trillar, no vale para el follar. Sucede también que vivimos en tiempos en los que parece que lo único que merece la atención es lo que nos produce un rendimiento y un beneficio inmediato (los avícolas que sólo comen grano abundan en todos los ámbitos sociales) y se desprecia como “paja” todo lo que, sin producir una “respuesta” instantánea ayuda a producir sentido (la economía aplastando la filosofía, por ejemplo). Y de tanto “trillar”, a veces resulta que damos, si se me permite el juego de palabras, con algo ya muy “trillado”, es decir, con un tópico, con un lugar común como el decir que los hombres van siempre directos al grano. Un tópico que como ahora veremos, tiene algo de fundamento, pero no es en sí fundamento de nada.

La respuesta sexual humana (D.E.M.O.R)

Lo que más falso resulta de la expresión es la caracterización de los sexos que implica; un varón siempre activo, utilitarista y egoísta y una mujer tierna hasta el bollito de crema que sólo quiere mimitos, circunvalaciones y carantoñas varias. Y eso es falso hasta la médula. Hay hombres que se encantan hasta el pasmo con eso que llamamos erróneamente “preliminares” (y que equivaldría a la “paja” de la primera acepción) y mujeres a las que, como no se les procure una finalidad inmediata, te pueden arrancar la cabeza. En cuanto a lo que de verdad tiene la afirmación, lo encontramos si analizamos un poco la respuesta sexual masculina y la femenina. Por “respuesta sexual humana”, entendemos las distintas etapas que inician, desarrollan y concluyen una interacción sexual. El primero en caracterizarlas fue el sexólogo Havelock Ellis (si bien era médico de formación por no existir la especialidad sexológica a finales del XIX) que en su “Summa Sexológica” ya caracterizó muy primariamente el que hubiera una serie de “hechos” secuenciales con sus correspondientes reacciones psicofisiológicas en un encuentro amoroso. Pero a los que le debemos una primera herramienta sólida de comprensión y caracterización de esta respuesta fue a Masters & Johnson que, en 1966, hicieron explícitos los primeros resultados de sus investigaciones. A partir de ellos se establecieron cuatro secuencias correlativas: excitación, meseta, orgasmo y resolución. A día de hoy, esa secuencia se ha completado con una quinta que precede a las cuatro expuestas; el deseo. Así, el esquema D.E.M.O.R. (Deseo, Excitación, Meseta, Orgasmo y Resolución) es el plano del que partimos todos los sexólogos para comprender y actuar en la respuesta sexual de los sujetos. Pues bien, esta respuesta sexual es la misma en todos los humanos, no importa el género, aunque siempre es dependiente de factores orgánicos, culturales, cognitivos y circunstanciales que pueden, de una u otra manera, interferirla o facilitarla, pero difiere ligeramente en los tiempos y regularidades según se trate de hombres y mujeres. En los hombres, la respuesta sexual en condiciones, digamos, de normalidad, es como el electro de un corazón sano; regular y equiparable entre ellos. La excitación aumenta muy rápido de intensidad desembocando en una meseta relativamente corta en el tiempo al que le sucede un orgasmo rápido y, tras él, se produce una caída en picado en forma de resolución que, además, le exige un tiempo posterior y variable de “inactividad” (el llamado “periodo refractario”). En nosotras, la cuestión es mucho más compleja, variable y en cierta manera impredecible. Incluso cuando ajustamos una respuesta femenina similar a la masculina (lo que sucede en la mayoría de casos), nos encontramos con diferencias notables; los tiempos de cada etapa son más prolongados (requieren de más aplicación) en nosotras y la resolución tras el orgasmo tiene una pendiente de caída mucho menos pronunciada, lo que permite que, sin llegar al periodo refractario, podamos volver a enlazar con otra nuestra serie de secuencias enteras o directamente con nuevos orgasmos (es la incorrectamente llamada “multiorgasmia”). Pero además, y como decimos, no siempre ocurre así en nosotras, pues esos tiempos se pueden acortar enormemente (si una mujer madura que no tiene dificultades sexuales y conoce bien su maquinaria sexual quisiera alcanzar el orgasmo antes de que su pareja se baje los pantalones, podría hacerlo), pero también se pueden dilatar, se puede prolongar la fase meseta obteniendo “sensaciones” orgásmicas sin que se produzca en sí mismo la convicción de haber tenido un orgasmo, podemos pasar de la excitación al orgasmo sin apenas rozar la meseta, etcétera, etcétera.

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Todo eso hace que, para nosotras, no es tanto que los hombres vayan al grano sino que, respondiendo como responden, a nosotras nos pueda parecer y con razón, que los tiempos se han acortado en exceso.

Si a eso, le unimos que el dominio de esos tiempos siempre han pertenecido al que menos recursos tiene en controlarlos pero más en imponer su voluntad, pues se entiende la mala leche de la sentencia “los hombres siempre van al grano” (pues esa es la impresión que nos pueden producir y la situación que normalmente tenemos que aceptar). Así que posiblemente en esas divergencias en las respuestas sexuales puede residir la posible percepción femenina que pueda existir sobre de un exceso de precipitación varonil tendente a la obtención de rápidos resultados. En eso y en que la agricultura ha sido la base de nuestra cultura del refranero durante muchos siglos… A lo que convendría aplicar ese otro: “nunca por mucho trigo fue mal año”. O, lo que es lo mismo, que más allá de pajas y granos, lo que hay que procurar es que no falte el trigo.

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