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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Efectos del alcohol

El alcohol, el falso estimulador sexual

Muy posiblemente, más de una de las que estamos aquí haríamos buena aquella frase según la cual “yo nunca me he acostado con un tío feo… ¡pero me he levantado con cada callo!”. Pues bien, el responsable de ese trastoque que nos permite ver la realidad de la rana creyendo haber besado a un príncipe es, en la mayoría de los casos, el alcohol. Cierto es que también el enamoramiento produce efectos similares en eso de obnubilar y alterar puntualmente el juicio pero los del alcohol suelen ser bastante espectaculares, imprevisibles y difíciles de justificar (si bien menos perdurables que los del enamoramiento…). Naturalmente, el alcohol, como todos los “phármakon”, puede actuar como un bálsamo o como un veneno en función de las dosis, los organismos y las circunstancias en las que se ingieran. Y es que el alcohol, como por ejemplo el dinero, requiere una cultura del alcohol, es decir; un saber gestionar y anticipar sus efectos a través de la administración de la sustancia porque existe un conocimiento de ella al haberse integrada en los usos y costumbres de determinadas conductas… Prueben a darle libre disposición de vino a un sujeto equilibrado de la cultura mediterránea y denle la misma dosis a alguien que, en su vida ni siquiera ha oído lo que es el vino y verán a lo que me refiero con sólo ver cómo lo consumen y qué efectos produce en él. Pero, además, el alcohol es adictivo, porque, salvo excepciones, produce gratificación… hasta que deja de producirla. Así, de una sensación placentera de relajación y cierta desinhibición, se puede pasar al coma etílico y/o la muerte y, de una placentera rutina social a una ruina personal por su adicción, sin que le sujeto se dé ni siquiera mucha cuenta.

El alcohol confunde y amortigua nuestro juicio

Pero, aquí nos centramos un poco en lo que decíamos al principio; unas cuantas copitas, ese “puntito” que le permiten a una, en la penumbra de una fiesta o en el tumulto de una sala de baile, el hacer cosas, el aproximarse al otro, de una manera de la que casi nunca se atrevería sin ese contexto y sobre todo sin esa ligera intoxicación. El alcohol es posiblemente el “depresor” más universal; a las dosis convenientes y personalizadas, nos relaja pero lo hace no normalmente de manera melancólica sino euforizante; hace que nuestra autoestima crezca, que nos sintamos seguras e infalibles, que nos veamos como la persona más ingeniosa e incisiva del mundo. El pequeño problema es que sólo nos “sentimos” y percibimos así, es decir, que la realidad de nuestro estar en el mundo y la radicalidad de nuestra estructura de soporte no varían, aunque nos lo parezca. Así, el alcohol derrumba ciertas barreras éticas, acalla miedos e inhibiciones bloqueantes y parece sumergir las preocupaciones cotidianas que coartan la plenitud de nuestro ánimo. Y todo ello con el “sencillo” proceso de confundir o amortiguar nuestro juicio, aquella capacidad que nos previene de riesgos, que nos permite valorar situaciones y que nos mantiene “conectadas” entre las culpas y obligaciones del pasado y las responsabilidades del futuro… Lo que nos procura mesura, prudencia y cautela. El alcohol, y otras sustancias, nos “presentizan”, nos llevan a vivir un perpetuo instante sin pasado ni mañana. Pero el problema es que nosotras somos (incluso en ese momentáneo éxtasis etílico) nuestro juicio y, con él, nuestras limitaciones, nuestros miedos, nuestras inhibiciones y todas las soluciones que, serenas, hemos encontrado para ello. Sin todo eso, no somos nada o casi nada, quizá algo ligeramente operativo para pasar una noche toledana pero muy poquito la “nosotras mismas” que va a tener que afrontar la resaca.

Las dificultades sexuales que genera el consumo de alcohol

A nivel “rendimiento” en la interacción sexual, pues sucede un poco lo mismo (también, el “rendimiento” es muchas veces un mero juicio); y nos puede parecer, en ese momento, siempre que el índice de alcohol en sangre nos haya permitido “ese momento”, que estamos interactuando de una manera fabulosa y que nuestro amante no encontraría ni más ni mejor ni aun cayendo en brazos de la mismísima Cleopatra. Pero luego, tiene que venir ratificado por el centrado y muchas veces inapelable juicio de la mañana. Y es que lo que viene afectado por el alcohol es nada menos que el sistema nervioso central y, cuando la finísima línea, ese justo “puntito”, del inicial efecto estimulante, se sobrepasa (hablamos de centésimas de concentración de alcohol en sangre), sus efectos depresores sobre él se activan produciendo dificultades eréctiles en los hombres y ralentización de la respuesta sexual en hombres y mujeres así como dificultades en alcanzar el orgasmo en nosotras y disminución de la lubricación (por más excitación que nuestro juicio nos parezca indicar).

Nada en exceso…

Y es que la conclusión en esto del alcohol, que no por obvia y aristotélica es menos cierta, no puede ser otra que el aplicarse el “nada en exceso” que coronaba el pronaos del templo de Apolo en Delfos. Principio de virtud moral que, quizá, no nos asegure el cielo pero casi nos asegura el no acordarse de todos los santos al despertar.

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