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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Relación a distancia

¿Es viable una relación a distancia?

No hace mucho, leía en Twitter un ingenioso y simulado diálogo entre dos amantes que decía más o menos así; “-Cariño, ¿crees que lo nuestro se está enfriando?” “-No lo creo. Un cordial saludo.” El chiste (y la tragedia) es que de nada sirve la negación cuando hay una demostración que afirma o usando aquel refrán tan español que hasta le sirvió a Lope de Vega para titular una comedia; “obras son amores y no buenas razones”. El diálogo del chiste se puede realizar a muy corta distancia, por ejemplo se puede susurrar en el espacio del lecho pero lo que demuestra, independientemente de que se haga al oído de uno en Beluchistán y otro en Torrelodones, es que la distancia física entre los dialogantes es irrelevante pero la distancia existencial es enorme. Y ese es un dato curioso; lo que entendemos por el “distanciarse” de dos personas no es cuestión de unidades métricas por medio sino de pérdida de sentido compartido entre ambos. Esa particular forma de medir la distancia se observa también en el chiste en la resolución de despedida y en dos aspectos; en primer lugar, el que se produzca una despedida inmediata cuando lo que lo inicia es precisamente una propuesta por parte de uno de una apertura al diálogo (un “¿crees?”). Lo segundo es el emplear para ello una fórmula general (“un cordial saludo”) y no una particularizada (del tipo “un beso, mi ratoncita”). Y es que el lenguaje particular, privado y privativo, casi encriptado, que generan los amantes entre ellos, es el mejor medidor de la longitud de esa distancia existencial. Cuando dos personas empiezan a aproximarse, lo primero que generan es una complicidad lingüística, crean significantes que sólo ellos conocen y emplean y tienen las claves de una particular forma de comunicarse que diferencian y categorizan las situaciones propias de su ámbito privado, las que les dan, en cuanto unión, sentido y cercanía. Tener un lenguaje compartido es tener un entendimiento compartido del mundo.

¿Cómo luchar contra la “distancia existencial”?

Así, ese particular distanciamiento se puede dar o no independientemente de que dos personas estén geométricamente cerca o lejos, pero no cabe duda que si la distancia espacial es larga y lo que ello implica, es decir, se ven poco, comparten pocas actividades y las interacciones sexuales devienen todo lo más virtuales, la posibilidad de que la distancia existencial crezca se incrementa. Ello no se debe en sí mismo a que no estén juntos sino a que sus mutuas existencias son menos compartidas. La distancia espacial (por migración, trabajo, estudios, etc.) comporta una cierta “autonomización” de las existencias propias y una individualización de las actividades; no compramos el pan juntos, no discutimos por cualquier banalidad cotidiana, no roncamos en la misma cama, no tengo que bajar la tapa del váter cada vez que tú has pasado antes o cerrar el tapón del champú cada vez que lo usas…Todas esta cuestiones pueden ser causa de tedio y de conflicto, pero aseguran, al menos, un “co-estar” en la existencia que, al separarnos, se va a perder. Es cierto que los sistemas de comunicación actuales posibilitan una mayor presencia del otro (no es lo mismo los antiguos epistolarios que conectarse cada tres horas a “Skype”) pero, de momento, lo virtual sigue sin sustituir lo presencial. Ese “no tenerte a la vista” provoca, por tanto, toda una serie de reacciones que tienden a incrementar la distancia existencial entre los amantes; desde la sensación de “descontrol” sobre el otro que puede provocar, por ejemplo, celos, hasta la sensación de desapego, que puede inducirnos a pensar que el otro lo pasa bien mientras que nosotras mal, pasando por la frustración sostenida de no poder compartir afectos, que puede llevarnos a buscar afectos en otro lugar.

Cine y masturbación

Frente a esto de la distancia espacial, y para evitar a una distancia existencial de facto, los remedios son poco más que los que dicta el sentido común. Por ejemplo, rehacer en consenso las bases de la asociación afectiva de modo que ésta se adapte con eficacia a la nueva situación de lejanía. Cuestiones tan sencillas como el número de veces que intentamos hablar al día (no menos pero tampoco más), el si nos brindamos o no la libertad de interactuar sexualmente con otras personas, la redistribución de las tareas que sigan siendo comunes o una fecha aproximada que marque el fin del distanciamiento (las parejas que se separan sin tener una fecha de reunificación tienen más difícil la perdurabilidad) son algunas cuestiones de ese nuevo gran acuerdo que pretende que la lejanía no devenga distancia. Importante también es satisfacerse por lo propio del otro, por su crecimiento, sus éxitos y evolución a la distancia y participar, del mismo modo, de sus tristezas, inseguridades y nostalgias pues eso hace que lo “del otro” siga siendo asunto común. El forzar un “reagrupamiento” (vienes tú o voy yo), sin atender a la verdadera situación ni voluntad de nuestro amante, no suele dar ningún buen resultado. Incrementar los niveles de confianza, independientemente de lo que establezca el nuevo acuerdo, es algo también saludable además de inevitable; querer mantener el mismo control, por relajado que ese fuera, que cuando se estaba en un mismo espacio sólo aumentará su agobio y tu desesperación. Es importante, por tanto, seguir compartiendo sentimientos propios e información, por superflua que sea, del lugar común y evitar las asimetrías evolutivas; si uno se “expande” y se desarrolla mucho, el que el otro se quede anclado en la situación y emociones previas a la separación tampoco ayuda en nada. Del mismo modo, puede ser de ayuda el compartir, hoy la tecnología lo permite, un libro, un juego, vídeos o información sobre una afinidad común. Si se producen esporádicos reencuentros, no conviene generar ni demasiadas expectativas ni exigencias ni rendimientos (incluido aquí el plano sexual) sino intentar simplemente pasar un agradable rato juntos sin querer epatar al otro con nuevas habilidades o iniciativas excéntricas…

Estas pueden ser algunas recomendaciones, no dictadas por un iluminado gurú sino por la penumbra de eso que llamamos sentido común pero que pueden ser de utilidad para nosotros, los humanos, que somos capaces de preservar los vínculos hasta con los muertos (que suelen estar un poco lejos) y, a la vez, adaptarnos a lo que la realidad exige… Y cantar y cuestionar, por eso mismo, boleros como el de “Dicen que la distancia es el olvido…”.

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