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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Preservativo

¿Por qué no te pones el preservativo de una puñetera vez?

A veces resulta increíble lo que nos cuesta meternos algo conveniente en la cabeza. La reconfortante y errónea creencia de que somos animales puramente racionales, que por esa facultad somos capaces de elegir entre varias opciones la que más nos beneficia como individuos y como colectivo, se desmonta cada vez que en nuestros actos la contradecimos. Sabemos positivamente, racionalmente, que esa persona no nos conviene, pues allí que vamos de cabeza, sabemos que beber cuatro vasos de vino nos produce un “resacón” del diablo, pues allí que nos mamamos los cuatro (o cinco) vasos, sabemos que hay excedentes alimenticios en el mundo como para alimentar tres planetas pero los cubos de basura se llenan de alimentos caducados aquí mientras sabemos que allí la gente se muere de hambre, sabemos que nada hay peor que una guerra, pero, aún sabiéndolo, las seguimos organizando… Y es que los humanos, y esto resulta fascinante, por debajo de ese ligero velo de racionalidad, cada vez más instrumental y menos emancipadora, estamos llenos de incongruencias, de contradicciones estúpidas, de errores sin sentido, de comportamientos irracionales, de creencias sin fundamento racional alguno. Ovidio ya constató este hecho cuando escribió aquella temible sentencia que hace pronunciar a Medea en el libro VII de ‘Las Metamorfosis’; ‘video meliora proboque; deteriora sequor’, es decir, “Veo lo que es mejor y lo apruebo, sin embargo, hago lo peor”. Tremendo. De nada sirve un juicio racional y moralmente aceptado frente a nuestras inclinaciones que surgen de no se sabe dónde pero que emergen con la fuerza de un titán.

La ética es el fundamento para relacionarnos

Uno de esos juicios éticos racionales hasta la médula pero que se cortocircuita por las irrupciones irracionales es, en el tema de las interacciones sexuales, el uso del preservativo. Como se dice (racionalmente) hasta la saciedad, el preservativo es un útil que minimiza extraordinariamente la posibilidad de hacernos daño y hacerle daño al prójimo. O, dicho de otro modo, la desidia, la irracionalidad o la maldad de no emplearlo nos expone a todos a consecuencias que pueden ser determinantes, para mal, en el resto de nuestras vidas. Y saber eso y decirlo y actuar en consecuencia a lo que se sabe y se dice, por el bien común, se llama ética, y esa cosa llamada ética es el fundamento de relacionarnos, lo que distingue en su trato con el otro a un cretino, un ignorante o un malvado de una persona cabal, lo que distingue a un buen amante (a alguien que se emplea en el “ars amandi”) de un mal amante. Pues nada, ni aunque lo grabes en piedra en las puertas del oráculo de Delfos, parece que nos enteramos de esto. Ni jovencitos ni adultos, ni ricos ni pobres, ni catedráticos ni sin escolarizar… Lo de asumir el ponernos el condón no parece que acabe de calar en la mayoría de nosotros.

No hay nada más ridículo y patético que querer justificar racionalmente una actitud irracional

Nada hay más ridículo que querer justificar racionalmente un comportamiento irracional. Ridículo y patético. Cuando, después de hacer una sandez, nos esforzamos en argumentar racionalmente esa estupidez, lo único que conseguimos es llevar esa estupidez, y a nosotros con ella, a cotas todavía más altas de estupidez. Así, cuando alguien que no ha usado un preservativo en su vida empieza a argumentar con razonamientos del tipo; “es que pierdo sensibilidad”, “es que no llevaba encima”, “es que es complicado de usar”, “es que me corta el rollo”… deviene doblemente bobo. Y ya se sabe, convencer a un bobo suele ser tarea más ardua que empujar una piedra cuesta arriba. De nada parece servir que nos desgañitemos diciendo que un neurocirujano es capaz de operar un cerebro usando guantes de látex, que si no notas nada tampoco te molestará que te pille el cimbrel con la tapa de un piano, que ponerse un condón es tan sencillo como abrir el paraguas cuando llueve (y además está mucho más explicado), que el colocarse un preservativo es tan erótico (o puede serlo) como el que nos desabrochemos la blusa, que si no te olvidas el maldito Smartphone ni para ir de vientre, por qué carajos no llevas una caja de preservativos encima, etcétera, etcétera. Argumentos que suelen picar en piedra, pues los humanos somos, además de humanos, sustancialmente bobos con algunos mínimos destellos de lucidez. Todos, servidora incluida. Pero también somos persistentes, no sólo en errar sino en mostrarnos que erramos, en intentar hacer explícito “lo que es lo mejor” y buscar razones argumentales y técnicas para conseguir ese propósito. Quizá esa sea nuestra esperanza y nuestro valor y quizá por eso logramos cosas como la penicilina, la Declaración Universal de los Derechos Humanos o un simple, modesto y eficaz condón.

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