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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El “cuarto oscuro”

De antiguo, a nuestro orden moral imperante no le ha gustado en exceso lo del cuerpo sensible y sus sentidos. Quizá por eso existe una vieja consideración moral, no canónica pero efectiva, que ha considerado más apropiados, en un cuerpo que se pretende piadoso, unos sentidos frente a otros. Así, por ejemplo, los que nos permiten una distancia con la vida, la vista y el olfato, han sido mejor considerados que aquellos que nos obligan a acercarnos, a hundir el hocico, a degustar en la boca o a acercar las manos. El tacto, el gusto y el olfato han sido, por tanto, considerados como los más “innobles”, los que primaban nuestra corporalidad y nos alejaban más de la presunta inmaculada “espiritualidad” que se pretendía. En las artes, por ejemplo, siempre han primado y han sido consideradas como elevadas las que atendían a la vista (como la pintura o la escultura) o al oído (la música) frente a aquellas elaboraciones más o menos artesanales (como la gastronomía) que podían satisfacer los otros sentidos. Pero si de todos los sentidos uno ha gozado de especial preponderancia ha sido la vista. Así, “ver” siempre ha sido equiparado a “comprender”, a entender las cosas, a acceder a la verdad. En según qué contexto, expresiones como “¿no lo ves?”, “perder las cosas de vista”, “tener una mirada a largo plazo” equivalen a cuestionar nuestro entendimiento, mientras que otra como “ponerse ciego” supone el haberse dejado llevar sin demasiada cordura por algo. Lo luminoso y lo claro (lo que permite ver) devienen así sinónimos de estado de conocimiento, lo oscuro, lo turbio (lo que dificulta ver) es lo propio de la ignorancia. Entre “verlo todo oscuro” y “tenerlo todo claro” va un mundo.

 

El sentido de la vista en una interacción sexual

Sin embargo, la visión en una interacción sexual en sí y no en los momentos de erotización y seducción, deviene un engorro. Los amantes cierran los ojos cuando se aproximan en su beso, la vista “debilitada” nos muestra detalles y nunca el conjunto, los orgasmos siempre nos cierran los párpados, nos dejan los “ojos en blanco”. En las fases más entregadas de una interacción sexual priman los sabores, los olores y el tacto… Quizá de ahí su moral condena. Sin embargo, y como decíamos, la vista, el ver al otro o al menos el tener la posibilidad de hacerlo, lo seguimos considerando fundamental para establecer el “contacto”, para entender con quién nos entregamos, para darle “nombre” (aunque no sepamos cómo se llama) e identidad (aunque no sepamos dónde vive), para poder construir sobre él el relato deseante que nos permitirá excitarnos, desear e interactuar sexualmente. Bien pues, si nos pone la “claridad” del otro, también nos puede poner la “oscuridad” de otro que, aun existiendo, es anónimo (no tiene “nombre”). En tales casos, una o uno no buscan radicalmente el otro (que procura goce) sino que busca radicalmente el goce (que procura cualquier ninguno). Y eso está, tradicionalmente, “mal visto”.

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Los “dark rooms”: el origen del cuarto oscuro actual

Ese priorizar el placer sin importar de dónde venga en lugar de priorizar a quien venga, es el principio de diversas eróticas que encuentran un particular incremento de excitación (un “morbo”, se dirá ahora) en desinhibirse y entregarse al goce por el propio goce y, para esos menesteres, el “cuarto oscuro” es un lugar privilegiado para conseguirlo. En el origen de su concepción actual, los “dark rooms” eran unos particulares reservados que podían encontrarse desde los años sesenta del siglo pasado en locales (pubs, salas de fiestas, discotecas) de ambiente gay. Su intención era doble: por un lado, preservaban de la ley y la sanción moral las prácticas homosexuales perseguidas en aquel momento y por otro, servían de lugar de encuentro para un público que no podía manifestar abiertamente sus preferencias. Con el transcurrir del tiempo y hasta ahora, estas peculiares salas se pueden localizar también para el público heterosexual y raro es el local liberal que no lo oferte entre sus servicios. Funcionalmente, su denominación no engaña a nadie; es un cuarto oscuro, en ocasiones en una penumbra, otras con sólo determinados puntos tenues de luz que permiten mostrar algo; unos genitales, un grupo interactuando, un gesto de acercamiento… A veces, son salas despejadas de cualquier elemento decorativo (que sólo induciría al traspié) pero otras, y mayoritariamente en los locales liberales, disponen de algún elemento blando a ras de suelo, tipo colchón, bien en medio, bien en los costados. En ellos puedes encender una pequeña luz (la llama de un mechero… la linterna de un móvil ya puede resultar excesiva) para orientarte, pero no hay que olvidar que la función de un cuarto oscuro es preservar la oscuridad y mantener el anonimato; el de los demás y el propio, ni ves ni te ven.

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Una demostración más de lo que somos capaces de hacer con nuestros miedos y limitaciones

Entrar en un cuarto sin iluminación ha sido y sigue siendo el horror de muchos. Las películas de terror se suelen nutrir, no sin razón, de ellos; el cuartucho bajo la escalera, la habitación donde la luz comienza a parpadear, el guardamuebles donde la linterna, de repente, se apaga. Nos pasa hasta en nuestra propia casa, en nuestro propio cuarto; cuando entramos en él, inmediatamente buscamos el interruptor de la luz, y si eso no se consigue, empezamos a tararear, a hablar en voz alta… cualquier cosa con tal de obtener alguna forma o sonido que nos oriente, que nos libre de lo desconocido, de lo que no podemos calibrar, medir o definir. La erótica del “cuarto oscuro” es otra demostración más de lo que los humanos, en cuanto sexuados, somos capaces de hacer con nuestros miedos y limitaciones. Un ejemplo más de que las tinieblas pueden rodearnos pero siempre encontramos una luz, aunque tenue,  al final del túnel. Hasta que la apagamos.


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