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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué es el “bud sex”?

Cuando el personaje aquel de Torrente decía aquello de “Amiguete; ¿nos echamos unas pajillas?, pero sin mariconadas, ¿eh?, nada de mariconadas”, ponía en valor un par de cuestiones. La primera, por obvia, su zafiedad, pero la segunda, la existencia del “bud sex”, del “sexo entre colegas”, compadres, amiguetes, sin que por ello se tenga una orientación homo erótica.

 

La diversidad de nuestras inclinaciones eróticas

Este tocarse, estas “pajillas” entre colegas, pero el fantasear también con él o el buscar la genitalidad masculina en una transexual, es algo que ha solido permanecer oculto al ojo público por el principio fundamental de que quien lo realiza se declara (y se siente) indiscutiblemente heterosexual. Para él, el reconocer públicamente estas prácticas o estas inclinaciones puede suponer  el que se dude de su orientación o hasta de su masculinidad (lo de las “mariconadas”) sólo por el motivo de cohabitar o fantasear con cohabitar carnalmente con su semejante. Ni siquiera la ambigua y discutible calificación de “bisexual” la puede aceptar (y con razón), pues no tienen ningún armario de dónde salir, ninguna duda que asumir ni ninguna categorización, más que la de heterosexual, en las que identificarse. Lo cual pone, en estos tiempos de asumir la etiqueta reivindicativa, de los nervios a más de uno que cree ver en ellos machitos que no se reconocen como homosexuales, pero confirma a otros en sus creencias de la ficción y los convencionalismos culturales que determinan nuestras identidades de género y nuestras preferencias sexuales. Para un sexólogo, o al menos para servidora, corroboran algo que a muchos (sexólogos incluidos) no le entran por el occipucio: la diversidad de nuestras inclinaciones, la finura de los canales entre el asco y el gozo, los infinitos y a veces retorcidos circuitos de la erotización y la estupidez de tener que reafirmarse siempre en una categorización erótica que es puramente convencional (no somos nosotros los que nos tenemos que ajustar a etiquetas, sino acaso ellas a nosotros… y tampoco). Pero bueno, esa inclinación que no por frecuente permanecía sin empaquetar en el armario de la condición humana, parece que ahora tiene un nuevo cajón: el “bud sex”. Así, no dejamos una esquina sin barrer.

El “bud sex” permite, entre otros, el refuerzo de vínculos amistosos o el satisfacer una demanda de goce sin exigencias

Decíamos que, para alguien ajeno a las complejidades de la condición sexuada humana, el número de heterosexuales sin fisuras que practican sexo (un tipo de sexo un tanto particular como enunciaremos) con personas del mismo género es sorprendentemente alto. Y no hay que irse a una cárcel o a un cuartel para verificarlo, lugares en los que el sexo se emplea muchas veces en su faceta más lúdica o en la de pura dominación y autoridad. Esto que llaman ahora el “bud sex” forma parte, por ejemplo, de los procesos de iniciación a la sexualidad adulta de un número ingente de hombres y mujeres, pero también, y ya en edad adulta, permite o bien el refuerzo de vínculos amistosos o el satisfacer una demanda de goce sin exigencias de demostraciones emocionales o afectivas o el alimentar el morbo que genera el transgredir, sin anular, las auto prohibiciones (como decimos, los canales de deseo y excitación son muy poco diáfanos, nunca están del todo definidos ni buscan siempre establecer o perpetuar lo que llamaríamos un amor).

 

Se utiliza en exclusiva esta categorización para los hombres

La categorización de “bud sex” se suele emplear casi en exclusiva para los hombres. El motivo puede ser el que a nosotras nos importen un pimiento, o mucho menos que a ellos, las categorizaciones en materia erótica, con lo que si una mujer mantiene encuentros esporádicos con otra mujer y la quieren clasificar de “bisexual” pues tenemos menos problemas en mirar la categoría y decirle que “bueno, pues vale, pues de acuerdo”. El segundo motivo que se emparenta al primero es que la masculinidad y su paradigma de excelencia, la virilidad, han soportado muy mal que se las cuestionen (y eso que a la virilidad antigua le importaba muy poco el con quién sino el cómo), con lo que prefería no publicitar esas preferencias esporádicas, casuales o recurrentes (uno puede estar todo el día en ello y seguir manteniendo su orientación heterosexual), con lo que venir ahora diciendo que, en realidad, lo que hacen es “sexo de amiguetes”, pues como que suena a descubrimiento de una nueva especie de hombres palmípedos.

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Unos contactos, por lo general, emocionalmente fríos

Normalmente estos tipos de contactos suelen ser emocionalmente fríos; sin besos, sin caricias afectivas, sin cariñosas carantoñas, pues no buscan, como anunciábamos, el amor, sino con quien tocarse, el satisfacer una apetencia erótica. A veces, se producen como un desaire hacia la pareja femenina o como una vía de escape (sin querer escapar) de ella o del entorno (lo de liarse un poco con alguien del mismo género tras una noche de farra es algo harto frecuente). En cualquier caso, y puestos a definir, estas caracterizaciones, mucho más que las etiquetas de orientaciones eróticas, serían junto a la realización del encuentro erótico con alguien del mismo género, las que definirían esta común y antigua relación que, ahora, a alguien se le ha ocurrido llamar “bud sex” y que, groserías aparte, no me imagino yo al bueno de Torrente ni a muchos otros, diciendo con toda la razón y propiedad del mundo, algo así como; “Compañero, ¿practicamos un poco de “bud sex”?… pero sin poner en cuestión nuestra orientación hetero erótica, ¿eh?, nada de ponerla en cuestión”.


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