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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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La pausa para masturbarse en el trabajo: ¿realidad inminente o ficción?

Si hay algo más inquietante que el diablo con un tridente es una empresa con un psicólogo. Así, como el tridente da un punto de amenaza añadido al ya de por sí amenazante diablo, un psicólogo de empresa añade un punto de inquietud a los ya de por sí inquietantes requerimientos de una empresa. Normalmente asociado al departamento de “Recursos Humanos” (toda una declaración), su función primordial es la de “preocuparse” por las personas que trabajan en la empresa o, dicho en sus palabras: el aumentar los índices de satisfacción emocional del empleado y de proporcionarle recursos motivacionales así como solventar conflictos interpersonales, todo ello a fin de que su rendimiento sea mayor (un poco lo del tridente con el que poder azuzar el diablo).

Pudiera parecer, así narrado, que la preocupación de este profesional es el trabajador, pero no hay que ser ningún lumbreras para ver que su verdadera preocupación es la empresa; que ésta gane más y que apriete más (y mejor). Si el encuadre de mejorar la “felicidad” del trabajador fuera cierto y no lo fuera el de servir a incrementar el beneficio de la empresa, bastarían dos o tres cositas; subirle el sueldo, preocuparse porque no lo exploten y erradicar a los perfiles psicopáticos de los puestos de responsabilidad. Pero esto no es su cometido. Su cometido es más bien que el trabajador se sienta en la empresa como en casa, pero no porque la empresa devenga un hogar, sino porque el trabajador asuma como un hogar las condiciones laborales de trabajo y asuma, por ejemplo, como “hogareñas” las relaciones de sumisión al directivo… y, en definitiva, que no encuentre un motivo para despegarse un solo segundo del día de ese nuevo “hogar” prefabricado (¿quién quiere volver a un desolado apartamento cuando en la madre empresa lo tiene todo? ”Hogar dulce hogar”…).

Creo que fueron las empresas tecnológicas americanas las que empezaron con estas directrices; que si pueda llevar a su mascota para que le haga un poco de compañía, que si le ponemos un parvulario para que sus chiquillos se vayan acostumbrando, que si puede ponerse una canasta de básquet y jugar aquí con la pelotita, que si un parque en los alrededores para que Vd. se dé un paseíto y vea los gorriones, que si métase Vd. una siestita de aquellas de pijama y palangana en nuestras cómodas instalaciones “siestiles”, que si comedores con alimentos que ya los querría para sí su puñetera madre… Todo con tal de que no salga Vd. de aquí ni deje de atender a su única función en el mundo: servir y entregar su vida y su subjetividad  a su empresa.

 

Un “break” para masturbarse

Entre estas últimas originales innovaciones al “servicio” de los empleados, algunos psicólogos anglosajones proponen a las empresas que concedan un tiempito, un “break” que suena más fino, para que sus agradecidos empleados se masturben. Masturbarse, sostienen, aumenta los niveles de dopamina y, por lo tanto de felicidad, relaja el cuerpito, elimina la agresividad esa tan mala y te hace ver las cosas mejor de lo que son, y todo ello sin los efectos secundarios de una intoxicación etílica o las ínfulas psicodélicas y/o revolucionarias de meterse un “tripi”. Después de una o unas pajillas, la cosa mejora, y el trabajador, relajado de la tensión que le mete el mismo que le va a dejar ahora tocarse los genitales, puede volver a pegar el culo al asiento para afrontar la vida que le queda frente a la pantalla. No sabemos si habrá que fichar antes y después de meterse en el inodoro, si las que somos de orgasmo lento tendremos que hacer horas extras para compensar la “ipsación” o si habrá recursos auxiliares para acortar los tiempos o mejorar, ahí también, el rendimiento (proyecciones de porno de buen rollo, estimuladores genitales a libre disposición, etcétera).

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Ya nos masturbamos sin tener que obtener “autorización”

El asunto es que ya todos y todas nos masturbamos en el trabajo, en casa (en la de verdad) o donde nos dé la gana sin tener que obtener la autorización, el “placet” o el “nihil obstat” de nadie, sin que nadie, en su infinita bondad, nos autorice o nos anime a hacerlo. Y lo hacemos básicamente por una cuestión: porque nos sale de ahí de donde nos tocamos y no con el objetivo de servir con más cara de bobo a nadie. Pero, por si a alguien le sigue cabiendo dudas de tan progresista, filantrópica y humanitaria proposición, la noticia se publicita como que los beneficios de sacudírsela en la empresa vienen “avalados por la ciencia”… Y es que la ciencia ya no es lo que era. Antes, por ejemplo, lo de mamporrero no era una ciencia, sino un oficio, y por cierto, bastante mal pagado por las ganaderías. A ellos no se les exigía una sonrisa, ni mayor autoconfianza, ni menor agresividad en eso de ayudar a que entrara a felices empujones, lo que no entra con ninguna facilidad.


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