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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué es la copa menstrual?

A nadie se le oculta que desde hace décadas vivimos en la cultura del usar y tirar. Eso, unido a la consideración creciente de que todo (y cuando digo todo, me refiero a todo) es una mercancía, hace que la preservación de lo que nos rodea sea visto como un mero útil que no tiene más sentido que servirnos para un propósito. Cuando la mínima merma en su “utilidad”, y por lo tanto, cuando cualquier dificultad en nuestro propósito aparece, ni se nos ocurre pensar en la restauración de sus funcionalidades, sino simplemente tirarlo y adquirir otro.

Esa condición imperativa hace que hoy en día, las “cosas” se fabriquen de modo que atiendan a planificaciones preconcebidas de obsolescencia programada y de obsolescencia percibida, lo que significa que muchos productos están ya preparados para romperse (para dejar de ser útiles para su propósito) en un plazo más o menos previsto (esto es la obsolescencia programa), y otros están estéticamente diseñados  para que si su durabilidad es mayor, dejen de gustarnos, los veamos “anticuados” con relación a  los que se “llevan ahora” y los desechemos aunque sigan cumpliendo su función (esa es la obsolescencia percibida). Ambos conceptos son la base de un sistema económico de producción y consumo insostenibles y de nuestro orden económico que es la mayor industria jamás imaginada de producir basura. Hay productos ya concebidos para un solo uso (por ejemplo, el papel higiénico) pero los que no son así concebidos se someten a esa doble obsolescencia (por ejemplo, un Smartphone). Esto lo he denunciado en multitud de ocasiones y lo han hecho miles de personas con dos dedos de frente antes que yo.

 

La copa menstrual: un invento que no es de usar y tirar y cuya duración operativa es larguísima

Bien, pues tomemos una circunstancia fisiológica recurrente en nosotras como es la regla. Para evitar que el sangrado se haga visible y nos manche o vaya dejando rastros, hace un siglo o medio siglo se utilizaban unos paños que se ponían sobre la vagina para evitar la pérdida. En cada casa, había varios de esos paños, que se iban alternando durante el ciclo menstrual y, al concluir éste, se desinfectaban, se lavaban y se guardaban hasta la siguiente menstruación, es decir, se recuperaban. Su composición y su necesidad de absorción exigía que fueran gruesos, con lo que resultaban incómodos y en ocasiones ostensibles (un poco como los pañales de los bebés). El mercado, con el avance técnico, permitió que surgieran productos que, con mucho menor grosor, contuvieran más cantidad de sangre: son las llamadas “compresas”.

El problema, curiosamente, es que no eran reutilizables, sino de usar y tirar. Casi al mismo tiempo surgió otra alternativa: los tampones. Estos eran más incómodos en su colocación pero más seguros y menos visibles todavía que las compresas porque se insertaban directamente en el interior de la vagina. Cada vez se hicieron más pequeños y absorbentes, pero tampoco eran reutilizables, sino de usar y tirar. Poco a poco, los tampones se hicieron con el dominio del mercado en eso de evitar “manchar”. En los últimos años, los avances en materiales han permitido que un invento del siglo XIX, la llamada “copa menstrual”, se construya primero de látex y más recientemente de siliconas médicas, con lo que tiene la ligereza del tampón y más flexibilidad que éste. Las siliconas evitan, además, el posible “síndrome del shock tóxico” asociado a los tampones o las infecciones y cistitis asociadas a la compresas. Pero, lo que realmente resulta sorprendente, es que es plenamente reutilizable, es decir, no es de usar y tirar y su duración operativa es larguísima (hasta más de diez años), con lo que se pasa por el forro la obsolescencia en sus dos variantes. Es decir, consigue la sostenibilidad de los “paños” pero con los rendimientos del más avanzado tampón.

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Más información técnica sobre la copa menstrual: tamaño, capacidad, precio, longevidad, etc.

Normalmente se comercializan cuatro tamaños, de distintos anchos y capacidades, con lo que es fácil encontrar el que a una le resulte más apropiada. Por término medio, una copa menstrual recoge, antes de que deba ser retirada, un tercio de la sangre que se desprende durante el periodo, con lo que es fácil que no tengamos que tocarla en doce horas (el cambio de tampón o compresas es, evidentemente, mucho más frecuente) y, al no ser de material absorbente sino simplemente “recolector”, no daña la humedad ni la temperatura de la vagina. Su precio varía según marca y modelo pero no suele sobrepasar los treinta euros… Lo que equivale a decir, si lo comparamos con el consumo de otros productos, que no vale nada (baste calcular el gasto en compresas o en tampones durante diez años para saber a lo que me refiero). Su mecánica de colocación y retirada en su forma más conocida de campana no es más complicada que la del tampón (se coloca en la parte baja de la vagina, el tampón va más arriba, cercano al cérvix) y se retira simplemente tirando de su extremo en forma de rabo (un poco como el cordón del tampón pero sin que sobresalga como en éste). La profilaxis que requiere es tan simple como lavarla con agua y jabón después de cada retirada durante el periodo y al finalizar éste, se esteriliza simplemente en agua hirviendo.

 

La copa menstrual: una medida política, una forma de resistencia a la sinrazón

¿Su peligro? Que seamos tan cenutrios de que, como nos han acostumbrado a usar y tirar las cosas, no seamos capaces de salir de esa perversa lógica. Y es que la copa menstrual, además de un método eficaz y sostenible de abordar la menstruación, es en sí misma una medida política, una discreta pero eficaz forma de resistencia a la sinrazón… ¿Y quién dijo que el sexo y la sexología no eran una ética y una forma de hacer política?


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