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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué tienen en común el sexo y el humor?

Es al comediante Víctor Borge o al escritor George Bernard Show a los que suelen atribuir (lo raro es que no se la atribuyan a Picasso, por recurrente, o a Woody Allen por recurrente e ingenioso) la sentencia de que “la risa es la distancia más corta entre dos personas”. Pero, paternidades aparte, lo cierto es que la apreciación la clava. Cuando dos personas se ríen juntas, es difícil que se pueda dar otra circunstancia que les permita estar más cerca, que empaticen más, que compartan más. Bueno, quizá si hay otra: haciendo el amor. Lo que implica, en cualquier caso, que hay dos actividades de relación humana, eróticas ambas, que se hermanan en eso de acercar dos sujetos: la risa y el sexo.

Ambas actividades (el sexo y el humor) contemplan el colectivo

Lo frecuente de ambas actividades es que se realizan en colectivo; naturalmente, uno puede reírse estando sólo, igual que puede masturbarse, pero aún en estas solipsistas situaciones, siempre aparece el otro. Uno siempre se ríe con otro, aunque no esté presente (raro es el que se ríe porque se cuenta a sí mismo un chiste) y uno se masturba con otro, aunque sólo esté presente en su fantasía (raro es el que se masturba fantaseando con que se está masturbando). Follar y reírse son, por tanto, actividades relaciones de ponerse en vinculación con el otro. Y ambas son, en cuanto culturales, actividades que exigen una especial maestría.

 

La risa: el “orgasmo” del sentido del humor

Se suele decir que el ser capaz de provocar a alguien una sonrisa es abrirle la puerta a ser seducido, pero lo cierto es que cuando alguien nos hace reír, ya nos ha seducido. De ahí el fracaso como seductores de los que se pretenden graciosillos, pues estos no comprenden que la risa (o la sonrisa) no es un medio para otro propósito sino el resultado del éxito en ese propósito. La risa (el “orgasmo” del sentido del humor) no puede emerger sin la inmediatamente precedente seducción, sin que ésta no nos haya calado ya un poco, sin que no nos hayamos dejado vencer y convencer un poco, sin que no se nos hayan aflojado, aunque sea un poquito, las piernas. Y es que el humor pone en cuestión al mundo y nos predispone a su análisis y, del mismo modo que uno puede dar una conferencia desvelando el secreto de la existencia, de nada servirá la información si previamente no ha seducido al auditorio, si no lo ha aflojado, si no lo ha predispuesto a intentar comprender y dejarse seducir por el sentido de la existencia. De ahí que no haya nada apasionante que podamos decir si antes no hemos apasionado al que nos escucha.

Con el sexo, pasa lo mismo: un buen amante es el que lo es antes de serlo. Un buen amante es aquel que ya nos ha hecho reír, el que antes de ponernos un solo dedo encima ya ha generado en nosotras la satisfacción de ser tocadas por él. Y ahí, el humor y el sexo también se emparentan; cuando ya nos hemos tragado con ganas el excipiente (ya se ha activado nuestro sentido del humor) es cuando puede hacer efecto el principio activo (el arte de amarnos). Hacernos reír es activar nuestro deseo por compartir con el otro. Alguien que activa nuestro sentido del humor activa nuestra satisfacción por compartir con él un secreto (lo que nos hace reír). De ahí que el humor sea el mejor inicio para emprender y sostener una relación sexual, porque es la constatación de nuestra receptividad al otro, riéndonos ya le mostramos nuestras aperturas, ya somos una apertura. Y es que el sentido del humor es una particular forma de hacernos receptivos, una especie de lubricante que nos permite que nos toque, nos sacuda y nos penetre aquello que realmente nos apetece. Es ya, en sí mismo, una casta (aunque en ocasiones muy perversa) particularidad de sexo.

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La fragilidad de nuestra condición

Probablemente los chistes sobre sexo, con sus cornudos, dobles sentidos, gatillazos y procacidades varias, son los que más gracia nos hacen, y eso quizá explique, como la risa tras el “tartazo” o el resbalón con la piel de plátano, que también sentido del humor y sexo comparten una cosa: la fragilidad de nuestra condición y la manera, humorística y sexual, con la que podemos abordar el espanto que ella nos causa… Si fuéramos inmortales e invencibles, no nos reiríamos de nada y eso tendría muy poca gracia (especialmente porque, en ese hipotético caso de omnipotencia, tampoco tendríamos que follar con nadie).


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