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El blog de Valérie Tasso

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Los mal llamados “pedos vaginales”

Un pedo, por empezar llamando las cosas por su nombre, es una ventosidad que, proviniendo del vientre, se expele por el ano. Así, un estornudo no es un pedo sino un estornudo porque, aunque se expulsa aire de manera más o menos ruidosa, éste no proviene del vientre sino de los pulmones, los motivos que generan la salida del aire son otros y no se expulsa por el ano sino por la boca y/o nariz. Del mismo modo, toser no es peerse sino toser, ni eructar (por más que los gases procedan del estómago) es tirarse pedos. Lo que sucede en la vagina en forma de ruido por la expulsión de aire ni proviene del vientre (sino de la propia vagina) ni es, por tanto, el resultado de emisiones derivadas de la fermentación de alimentos por bacterias y levaduras (por eso no huele), ni se expulsa por el ano (sino por la vagina). O, dicho de otra forma: no es una tos ni un estornudo ni un eructo ni por supuesto un pedo.

Si una quiere ser fina y emplear, para designarlo, el término latino, “flatus vaginalis”, comete, además de pasarse de listilla, el mismo error (que por lo visto ya viene de lejos) pues el flato sigue siendo una acumulación incómoda de gases en el aparato digestivo que anuncia y anticipa una flatulencia o ventosidad por el ano, es decir, un pedo. Y el problema no es que haya un error semántico en la designación del fenómeno, sino que, además de un error nominativo, hay una voluntad despreciativa que hace que esa circunstancia sea vista como lo que no es pero que además lo sea para envilecerla.

 

Muchas veces empleamos expresiones escatológicas para condenar una acción

Muchas veces empleamos expresiones escatológicas para designar algo que no es estrictamente lo que es, es decir, usamos la escatología como fuente de metáforas condenatorias. Así, si nos equivocamos de manera ostentosa, podemos llegar a decir que la hemos “cagado” (cuando en realidad, no es que hayamos expulsado heces por el ano) o mandamos a alguien, cuando queremos que no permanezca en nuestra presencia, a la “mierda” (sin por ello pretender que se dirija a un estercolero). Pero aquí, lo de “pedo” en referencia a la vagina, no es una metáfora gruesa sino la propia denominación de esa circunstancia. Si tú vas a un médico y le explicas que te pasa “eso”, te dirá algo así como “Ah, sí, pedos vaginales” o si es un poquito más fino (pero igual de errado), a lo mejor te comenta lo de “Ah, sí, flatulencias o ventosidades vaginales”. Es decir, no se emplea esa denominación de manera metafórica sino como catalogación técnica.

Es cierto que el aire que puede ocasional e involuntariamente desprenderse de la vagina puede emitir un sonido similar al de  pedo, pero también lo puede producir el moverse una silla o el arrastrar una zapatilla por el suelo, pero no por eso hablamos de un “pedo sillil” o un “pedo zapatil” ni responsabilizamos al dueño de la silla o de la zapatilla de esa circunstancia, con lo que en la denominación viene la condena y el escarnio de la propietaria de la vagina…Y claro, cuando se produce, una siente la imperiosa necesidad sonrojante de explicarle a un merluzo que eso no es un pedo. Y de explicarlo en un momento en el que una no está para dar muchas explicaciones.

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Nunca deberíamos avergonzarnos

La vagina es un conducto abierto por un extremo y, en determinadas circunstancias, le puede entrar aire. Por ejemplo, durante una penetración vaginal. El pene actúa como un émbolo que empuja aire hacia su interior pero que también lo expulsa violentamente fuera. Como ese aire que es impelido a salir no va a salir por el útero, tendrá que salir por donde ha entrado. Pero resulta que tampoco es la vagina una cavidad que cierre herméticamente como un bote de lentejas, con lo que ese aire que es impelido a salir debe hacerlo por los resquicios que, durante la penetración, pueden quedar entre el pene y las paredes vaginales. Y ahí tenemos el sonido.

Otro momento recurrente, de esos que decíamos que una no está para dar muchas explicaciones, es durante el orgasmo. Las contracciones vaginales (o cualquier contracción que se produzca en la vagina indiferentemente del orgasmo) hacen que el aire que haya podido entrar sea expelido, y ya estamos de nuevo en las sonoridades. Algo, en cualquier caso, que no debería nunca avergonzarnos, si acaso avergonzar a quien nos ha llenado de aire la vagina, y que debería ser tratado con la misma naturalidad e indiferencia que si te crujen las rodillas o cuando el cabezal de la cama golpea contra la pared. Pero claro, llamándolo “pedo”, ese tratamiento se dificulta… Y es que nombrar mal las cosas es otra forma de meternos aire, pero esta vez en la sesera (y claro, después se le queda a una “cara de culo”).

 


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