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El blog de Valérie Tasso

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La práctica del “chikan”: el “frotismo” y el espacio personal

El concepto y la circunstancia de lo que venimos en llamar “espacio personal” resultan de lo más curioso. Se trata de una especie de franja de seguridad o de coraza invisible que los humanos establecemos en nuestras relaciones y de la que somos especialmente celosos en garantizar su eficacia. Es algo que irradiamos y que, de manera normalmente inconsciente, es percibida por los demás de la misma forma que nosotros percibimos la suya. No se trata de una distancia estable ni puramente reducible a la escala métrica, sino que se muestra variable según nuestro estado y las circunstancias en las que se produce la relación y se manifiesta, además de en una determinada longitud métrica, en una distancia que podríamos llamar existencial. Así, si alguien no despierta mis simpatías o me genera recelo, “guardamos las distancias” (se incrementa o intentamos incrementar nuestro espacio personal), cosa que también sucede si se trata de alguien a quien atendemos de manera profesional o somos atendidos por él o si nos mostramos como una figura de autoridad (por ejemplo, en una conferencia) frente a un público numeroso.

 

Por el contrario, cuando alguien nos genera confianza, le permitimos una mayor cercanía y alcanza su máxima expresión cuando la interacción que realizamos tiene fines amatorios; con un amante, simplemente “desactivamos” esa distancia personal. Sucede que, como  indicamos, ese espacio personal es una voluntad que establecemos pero que no siempre podemos cumplir, y cuando esto sucede, nos produce estrés, pues se acrecienta nuestra sensación de peligro, nos incomoda, pues parece que nuestra individualidad y diferencia se ponen en riesgo frente a los “invasores” o se nos desactiva a la fuerza ese criterio de intimidad que nos permite reflejarle al otro nuestro grado de cercanía. En tales casos, tendemos a compensar nuestra falta de espacio mostrándonos algo menos simpáticos o receptivos porque nuestra forma de mostrar distancia la tenemos que hacer explícita de otra manera. Y es lógico que en circunstancias donde la multitud o la falta de espacio inutiliza nuestra distancia personal nos crispemos, pues el que tengamos que acortar, por obligación, nuestro espacio vital, es también una situación de “debilidad” que algunos desaprensivos pueden aprovechar para vulnerar nuestros derechos, desde un carterista, a un curioso impertinente que aprovecha para husmear en nuestras cosas pasando por el que establece un acercamiento de carácter sexual no permitido por nosotras. A modo de ejemplo, un lugar donde se producen ambas circunstancias: aglomeración impuesta y algún aficionado a tener las “manos largas” o a “arrimarte la cebolla” parece ser el metro de Tokio (aunque no sólo en el metro y en esta concreta ciudad nipona…).

 

El “chikan”, esta práctica delictiva de carácter sexual que jamás se debe consentir

En japonés, se emplea el término “chikan” para designar estas prácticas abusivas de carácter sexual, y como suele suceder en Japón, la cosa se la toman muy en serio. Son abundantes los carteles informativos en metros y estaciones que anuncian el que se pueda dar esta circunstancia, del mismo modo que son frecuentes las chicas que llevan en su ropa o bolsos indicadores conforme que están al tanto y en contra de que ese abuso se produzca.

 

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Cartel japonés en el que puede leerse “Cuidado con el Chikan”

 

Del mismo modo, al igual que existe por ejemplo en Ciudad de Méjico y otras ciudades, se habilitan vagones exclusivos para mujeres con el fin de evitar esa desagradable situación. Las sanciones legales por practicarlo no son, al menos en Japón, menores; recibir una denuncia por “chikan”, acción que se recomienda a cualquier mujer que se sienta vulnerada, es un delito que no debe JAMÁS tomarse a la ligera. Eso hace que, por ejemplo, los chicos en el metro de Tokio vayan siempre lo más rectos posibles y con una mano cogida en la barra mientras la otra la apoyan en el brazo sujeto, de forma que si se produce una situación de toqueteo no consentido, puedan exculparse. Pues el “chikan” suele tener una modalidad casi exclusiva; el “frotismo”.

 

¿En qué consiste el “frotismo”?

El “frotismo” o el “frotteurisme” (como se le denomina en francés) es una peculiaridad erótica que consiste en obtener excitación por el hecho de frotarse, rozarse o toquetear, particularmente en áreas genitales o de marcado carácter sexual (como nalgas, muslos o pechos), sin el consentimiento de la otra persona y a consecuencia de una situación proclive para ello (como las mencionadas aglomeraciones o espacios reducidos). Como peculiaridad, suele darse con frecuencia en sujetos masculinos (aunque también, en un porcentaje muchísimo menor, en mujeres) que, o bien se están iniciando en la sexualidad adulta o en aquellos que, estando ya en esa edad adulta, tienen serias dificultades eróticas (timidez, inseguridad, frustración…) para establecer una interacción sexual al uso. Al igual que sucede con las eróticas del “voyeurismo”, el  sujeto que practica el “frotismo” puede buscar el ser de alguna manera pillado en su acto, pues la reacción adversa de su víctima incrementa su excitación, que normalmente concreta con una masturbación en la que rememora lo sucedido. En cualquier caso, la mejor recomendación para una mujer que siente o cree sentir ese abuso, es manifestarlo en el momento y de la manera más explícita posible (salvo, naturalmente, en los minoritarios casos de “arrimón consensuado”, que ya no es “frotismo” sino cariño).

 

Una máxima a no olvidar y respetar: dejar que pase el aire

Y es que lo de la “Tocata y fuga” está bien para el órgano pero en nuestras relaciones personales, y por más hacinados que estemos, lo de dejar que pase el aire es una máxima a respetar.

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