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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué es la “espera erotizada”?

Cuando una se refiere a que vivimos un tiempo sin tiempo, en el que todo se acelera hasta la inmediatez, nos referimos a algo todavía más dramático que al hecho de haber perdido la autonomía en la disponibilidad de nuestro tiempo. El hecho de que una sociedad del perpetuo rendimiento y la satisfacción inmediata nos coaccione la libertad de uso de nuestro tiempo provoca hasta el cortocircuito nuestras posibilidades de relación (y por lo tanto de cultura) en ámbitos afectivos; el que nos falte autonomía temporal para, por ejemplo, el dedicar el rato necesario a nuestras personas queridas o para poder departir prolongadamente en una sobremesa con nuestras amistades, o simplemente para el pasear sin el requerimiento del llegar a tiempo a una cita profesional, es algo dramático y que nos debilita, en cuanto humanos, en lo más profundo. Pero los efectos de la exigencia de premura van todavía más allá.

Por ejemplo, en nuestras propias capacidades cognitivas necesarias para comprender y crear mundo y presente; sin tiempo suficiente, no hay posibilidad de entender y someter a juicio crítico ningún fenómeno de forma que lleguemos a conformar un sentido de la realidad, sencillamente porque conseguir eso requiere de tiempo de recepción, de tiempo de análisis y de tiempo en la creación de una valoración. El sentido crítico y no la mera adscripción emocional a algo, necesita tiempo de elaboración y, sin sentido crítico, es inútil hablar de cuestiones como progreso o democracia. Pero, además de que la falta de tiempo nos impida el relacionarnos convenientemente o el poder formarnos un criterio sobre las cosas, todavía existe un efecto, si cabe, más inquietante; desarticula el deseo. El deseo humano, para su construcción, necesita tiempo, sus propios e innegociables tiempos. Necesita tiempo para encenderse, necesita tiempo para excitarse en espera de su realización y necesita tiempo para, una vez satisfecho, esperar melancólicamente un nuevo deseo. Si esos tiempos de esas fases se acortan, se estrechan y se solapan, el deseo no funciona y si no funciona el deseo, el ser humano enferma (se melancoliza, se histeriza, se trastorna en lo más radical de su existencia). Un ser humano adulto, psíquicamente estabilizado, es aquel que ha aprendido a desear; el que ha aprendido a pasar del terreno pulsional del niño donde todo se quiere de manera confusa pero a discreción y al momento inmediato, el que ya sabe gestionar los tiempos propios del deseo. En nuestras sociedades del rendimiento y la inmediatez, el “lo quiero todo y lo quiero todo ya” o lo que es lo mismo, la amenaza de que las pulsiones destruyan el deseo, es una cuestión capital.

La “espera erotizada” trata de enseñar a esperar pero sin desesperarse

Esa alteración de la mecánica y los tiempos del deseo está, como es lógico, en el origen de la inmensa mayoría de las dificultades sexuales comunes. El concepto sexológico de “espera erotizada” se crea con la intención de restañar las heridas que la inmediatez y la falta de cultura deseante provocan. Básicamente, consiste en que el sujeto reaprenda y pueda readaptarse a los tiempos de espera que exige el deseo sin las impositivas cortapisas de la inmediatez. La “espera erotizada” es esa herramienta sexológica que nos permite ayudar al paciente a recuperar el placer de disfrutar de lo que está por venir, sin la obligación de acortar los tiempos, y por tanto el deleite, que nos conducen hasta el objetivo. Se trata de aprender a esperar pero sin desesperarse, de recuperar la necesaria virtud y el necesario tiempo de merodear placenteramente sin el agobio de alcanzar ya “la presa”, de permitir que el sentimiento (y el deseo) cueza el tiempo necesario sin abalanzarse.

No se trata de bloquear el deseo en su fase de ascensión hasta el elemento deseado, cosa que, por ejemplo haría un obsesivo, ni de impedir que se alcance el objetivo dilatando hasta el infinito el tiempo de espera, sino de permitirle que, en esa ascensión, despliegue el deseo todo su potencial de gozo y de sentido. Y para eso, la “espera erotizada”, además de su concepto, tiene múltiples aplicaciones funcionales que nos permiten a los profesionales inducir al paciente a controlar la premura y, con ello, a abordar la dificultad sexual que se manifiesta de forma sintomática tras ese malestar de la inmediatez. Y es que, sin la noche de reyes, los reyes quizá no tendrían sentido, del mismo modo que sin la seducción la interacción sexual tampoco… Y, ¿no provocaron ambas “esperas”, la noche de reyes y aquella seducción, placenteros estados?

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