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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Young Couple bored in bedroom

¡Horror! Hay un soso en mi cama…

Soso es aquello carente de sal. Figuradamente, adjetivamos así a las personas con poca gracia o poca iniciativa, las que se muestran un tanto indolentes, apáticas o con falta de empuje o las que nos causan la impresión de ser insulsas o anodinas. Personas “sosas” nos encontramos todos los días en los muy diversos ámbitos y situaciones con las que solemos relacionarnos entre nosotros, pero hay una con la que, precisamente por esperar energía, iniciativa y chispa, nos resulta especialmente incómoda; toparnos con un soso en nuestras interacciones sexuales.

El beso es la mejor manera de “descubrir” al soso…

Lo primero que habría que indicar es que si se te ha colado un soso en tu cama, es posible que la responsabilidad en la elección no sea del todo tuya; hay personas que, en un ámbito en el que se sienten seguras (por ejemplo, una cena o una charla), se muestran de lo más chisposas, activas u originales, pero cuando llega el momento de “rematar”, ahí la cosa empieza a encogerse. Y lo contrario también se da, con lo que detectarlas a tiempo no siempre es del todo fácil, así que, si después de haber puesto en marcha todas tus alarmas “antisosos” e intuiciones varias, aun así te la cuelan, no desesperes… Un buen detector de si nos vamos a meter en corridas o a aburrir más que unas carpas en un estanque es el beso. Si este funciona, adelante, si es como que no, mejor recoge velas. También debes intentar evitar el creerte la causa de su sosería (aunque parezca mentira, no siempre somos la causa de todos los males del mundo); es más que probable que su torpeza y falta de ardor no sean nada contra ti sino que la criaturita no es de más sangre, no da más de sí o tiene muy imbuidos unos procedimientos amatorios y unas secuencias estandarizadas (sosas a más no poder) que aprendió un maldito día y no va a salirse de ellos ni a empujones. Si una vez en “faena” lo que te sucede es que no te lo estás pasando en grande pero dudas de si es porque tu “partner” está menos especiado que un vaso de agua, quizá te convenga recordar algunas características del amante soso y despejar tus dudas.

Algunas características del soso

El soso en la cama se caracteriza básicamente porque nunca sabes si está amasando pan o ha perdido las lentillas en la masa, pero de lo que no te cabe duda es que tiene poquitas ganas de comerse el pan. Vamos, que es torpe (eso también lo puede ser un amante efusivo) y, además, parece que se deleita y se recrea en su torpeza (eso sólo lo hace el soso… el “torpe acelerado”, como parece que nunca quiere estar donde está, cambia rápido y torpemente de acción). Nada más se desvista, verás la vida que tiene; si se recrea con los botones de su camisa y luego la dobla y mira a ver dónde la coloca, la cosa ya no pinta bien. Del mismo modo, su colocación en la cama (o allá donde tengáis a bien meteros en el fornicio) es significativa; si duda, es excesivamente educado y no quiere molestar posicionándose, entonces ármate de paciencia…

El amante soso se expresa poco, mal y a destiempo. Nunca acabas de distinguir (y con un soso vas a tener tiempo para analizar la situación) si algo le duele, le produce placer o si está callado por no resultar inoportuno. Si va a practicarte sexo oral, lo va a pensar antes de bajarse al pilón, pero no va a pensarlo un poco sino que va a pensarlo como si tuviera que resolver un sudoku de treinta mil casillas. Cambiarlo de postura resulta más complicado que trasladar de sitio el armario ropero… Casi mejor que lo dejes ahí donde está. “Leerte” será para él una tarea complicada, pues del mismo modo que no sabe expresarse, también se mostrará dubitativo con aquello de que si la “m” con la “a” es “ma” o es “austrohúngaro”, así que no esperes gran cosa de lo que interprete ni, por supuesto, de cómo actúa en base a esa interpretación. ¿Y del ritmo? Pues como bailar una polka a ritmo de vals con zapatos nuevos.

Algunas circunstancias pueden hacerle actuar a un hombre con algo de sosería: algunos ejemplos…

Afortunadamente, sosos radicales, esos que no podrían ser otra cosa ni aunque entrenaran diez horas al día, hay algunos, pero menos de los que nos imaginamos. Normalmente son las circunstancias las que lo hacen actuar así. Entre esas circunstancias condicionantes que pueden a un hombre hacerle actuar puntualmente con sosería, convendría destacar algunas; por ejemplo, el miedo. Miedo a no “estar a la altura”… No olvidemos que la cosa esa viril que tienen muchos en la sesera de tomar la posición a costa de dar sablazos a diestro y siniestro presiona mucho (especialmente en estos tiempos de rendimiento a granel) y si además tú eres una “plaza” difícil, es probable que el reto lo cohíba. Miedo también al compromiso; todavía hay algunos que creen que acostarse con alguien equivale a hipotecar su vida con ella y prefieren, ante el espanto por el compromiso, quedarse en una posición retraída (ni siquiera de “retaguardia”) no vaya a ser que lo malinterpretemos.

Miedo a hacer daño; eso pasa especialmente entre los enamoradizos que temen que, apoyándose en el bollito de crema, éste se espachurre y optan por lametearlo más que por liarse a “bocaos” con él. La inseguridad también es causa de sosería coyuntural. No saber si lo que físicamente va a mostrar (por ejemplo, el tamaño del espadín) va a resultarnos de nuestro agrado hace que empiece a darle vueltas y a procrastinar como un poseso, pero también una inseguridad más de tipo existencial (“no sé qué va a ser de mi vida”) rayana en la melancolía puede entorpecer enormemente su requerida iniciativa. Por último, pero no menos importante, podríamos señalar una circunstancia más o menos puntual que puede hacer de un tipo el más soso de los tipos; la culpa. Cuando topas con alguien que no sabe si debería estar aquí donde está porque lo que se espera de él es que esté allí donde tú no estás, entonces apaga y vámonos, porque además de un soso, vas a tener a un pelmazo al lado. Un ejemplo paradigmático de esto son los infieles que no asumen su condición de infieles o los “ex” de otra que siguen teniendo metidos a la “ex” hasta en el colodrillo. Si después de doblar la camisita y meterse en la cama como si lo hiciera en un ataúd, empieza a hablarte de una tal Loli o una tal Antoñita, mejor, por tu salud mental y tu gozo, que lo reenvíes a casa (a portes debidos, naturalmente).

Más consejos para concluir

Así que la condición esa de la “sosería” tiene muchas aristas y planos, además de normalmente mal arreglo, pues si la criatura es sustancialmente sosa, no la vas a variar ni aun explicándole el libro gordo de Petete y si son las circunstancias las que lo hacen soso, hasta que estas no varíen (y hay circunstancias más largas que un día sin pan), no podrás esperar grandes cambios. Si se trata de un rollo ocasional, mi consejo es que busques reemplazo o diversificación, si la cosa es más profunda o has conformado con él una pareja estable, mi recomendación en ambos casos (sosería coyuntural o estructural) es que te armes de paciencia, que no desesperes y que consultéis a alguien externo y con la suficiente autoridad (una sexóloga, por ejemplo) que le dé un buen “meneillo” en temas de educación sexual… Y es que en el sexo, el saber agitarle a alguien la sesera puede producir mejores réditos que agitarle otra cosa (o “cosita”, que de todo hay…).

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