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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

The morning after

La fobia a contraer una enfermedad de transmisión sexual

En una sociedad donde la alarma social sobre temas de salud es continua, lo esperable es que se conforme una ciudadanía temerosa hasta el paroxismo. Detrás de todas las sirenas que nos recuerdan ciento treinta y tres mil veces al día que nuestra salud está en riesgo máximo si hacemos esto o dejamos de hacer aquello, se encuentra, en general, más que una ilustrada voluntad de informar a los ciudadanos con criterio una voluntad de explotar al máximo un floreciente e inagotable nicho de mercado (mientras más miedo tenemos más interés sentimos por los interminables motivos que nos generan miedo). Y es que una amenaza vende.

Y nada mejor que un “ten cuidado con…” para captar con enorme facilidad nuestra atención. Si repasamos un poco lo que sobre sexualidad y nuestra condición sexuada se vuelca a lo público, vemos que las dos grandes líneas preponderantes que se ocupan de “informarnos” sobre esa condición son, por un lado la propaganda tendente a una hipersexualización de todos nosotros (reseñando “nuevas” eróticas, “nuevas” formas de alcanzar, maximizar y prolongar al infinito el orgasmo, etcétera) y por otro lado, una machacona “salud sexual” que nos alerta del peligro de poner en acto lo que se promociona… En medio, muy poquito de “educación sexual” o de reflexiones argumentadas y bien aposentadas sobre lo que supone ser un humano sexuado. Los “truquitos” de cómo hacer el mejor cunnilingus del mundo y volver loca de placer a tu amante conviven a la par con los titulares sobre el cáncer de garganta de Michael Douglas o el incremento porcentualmente alarmante que esta enfermedad está teniendo por el contacto buco genital. Con lo que, evidentemente, uno no sabe si comer o dejar de comer… Pero, de lo que no duda es que debe estar perpetuamente acojonado.

Una fobia cada vez más presente

En consulta, asistimos cada vez más a una particular y específica variante de la hipocondría; el horror y hasta la fobia a contraer una ETG (“Enfermedad de Transmisión Genital”). Una concreta deformación de la realidad que inhibe nuestros mecanismos de acción y juicio que es complicada de tratar para que el sujeto paciente pueda desarticular sus aprensiones y miedos anticipativos y dotarse de una situación de la realidad más acorde a la que es y no a los prejuicios que sobre ella se ha formado. Algo que, además, afecta por distintos motivos a un intervalo muy amplio en la distribución de edades; ni jóvenes ni no tan jóvenes se libran de esta paralizante percepción.

De partida, existe un entorno culpabilizador

Lo que suele existir de base en una hipocondría de este tipo es un entorno culpabilizador. Un entorno cercano, normalmente familiar, que lleva al extremo esa máxima de hacer del sexo el problema que no es, obviando para ello todo los valores que sí tiene. El hecho de la insistencia, como decíamos, de los medios de comunicación masivos sobre los peligros del sexo no hace más que consolidar en el sujeto ese terror que se le implantó de partida y sobre el que asume una absoluta e irracional responsabilidad; “si algo te pasa es por culpa tuya”.

En las personas de más edad, que iniciaron su actividad sexual adulta en los años ochenta, ese miedo puede ser adquirido por los estragos y las consecuentes medidas preventivas que tuvieron que tomar frente a una pandemia como la que produjo el VIH (una enfermedad no estrictamente sexual) que crearon en ellas unos mecanismos defensivos de los que, décadas después, no consiguen desprenderse (no temen, por ejemplo, conducir un coche pero sí el contacto con la piel del otro). En los más jóvenes, el miedo suele provenir de un estar social que machaca continuamente sobre los riesgos de las relaciones entre los sexos (no solo sexuales sino también eróticos) y que conforma un entorno de relación mayoritariamente puritano.

En ambos casos, jóvenes y curtidos, opera con dificultad la mejor herramienta que frente a esas temerosas aprensiones puede funcionar; la “educación sexual”, pues tienen poca (lógicamente, pues como señalábamos, de educación sexual se habla muy poco), la confunden con la “salud sexual” y tienen en cualquier caso una idea deformada de su contenido y de lo que aporta. El nivel de intensidad que les hace temer al sexo varía y, en función de éste, se complica en mayor o menor media la intervención de un terapeuta; si el individuo ha alcanzado la fobia, los recursos son más complejos y distintos, pues un fóbico no atiende a razonamientos ya que su miedo no responde ni pasa por los circuitos racionales. Si su hipocondría al sexo todavía mantiene fundamentos más o menos racionales, el diálogo y la conveniente información en educación sexual suelen ser nuestros mejores aliados. En cualquier caso, es un problema que puede resolverse con mayor o menor paciencia.

Estar vivos: una situación que es nuestra mayor causa de mortalidad

A las ETG hay que tenerles el conveniente respeto (todas ellas son, en nuestras latitudes, abordables médicamente) y, a partir de ahí, emprender nuestras eróticas con el suficiente sentido común (en materia profiláctica, por ejemplo, y con nuestro gran aliado; el condón) con el que abordamos todas las demás iniciativas inherentes a nuestra condición humana, pero en ningún caso deben paralizarnos en el despliegue y la potenciación de ellas y es que a tal efecto conviene recordar que sí, que hay muchas situaciones de riesgo a las que nos exponemos a diario sin siquiera salir de casa, pero que hay una que está por encima de todas las demás y a la que no podemos y no debemos intentar renunciar; el estar vivos (esa situación sí que es nuestra mayor causa de mortalidad).

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