mujerHoy

Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

El anuncio de cuchillas de afeitar

Los fariseos fueron un grupo de opinión que se hizo hegemónico en el pensamiento religioso del judaísmo entre los siglos II a. C. y I d.C. Fueron, por tanto, la fuerza que marcaba la ortodoxia religiosa en tiempos de Jesús de Nazaret y del surgimiento del cristianismo. Como es lógico, las desavenencias entre ambas doctrinas surgieron enseguida, pero la mayor acusación que el incipiente cristianismo hizo de ellos fue el que respetaran en exceso la letra (los protocolos, los ritos) pero para nada el espíritu de esa letra (el contenido de lo que decían promulgar). Aquello de “rasgarse las vestiduras”, es decir, el manifestar una ostentosa indignación frente a algo que realmente se la traía al pairo, proviene de esa concepción que el cristianismo tenía del fariseísmo. En nuestros días y en nuestro lenguaje cotidiano, “fariseo” se mantiene como sinónimo de hipócrita, farsante o impostor y designa a aquel o a aquella que finge una estricta moral, sentimiento o convicción que en realidad no tiene. Y es que estar todo el día dando lecciones de moral cuando, en realidad, lo que te interesa de verdad es otra cosa, congraciarte simplemente o conseguir el aplauso gratuito, por ejemplo, de la mayoría de las personas o vender lo tuyo afiliándote a causas mayoritarias, tiene esos riesgos. A esto último, lo de aprovechar el tirón de lo que se dice o lo que se piensa, simplemente para “colar” lo tuyo se le da otro nombre; “demagogia”; un recurso usado hasta la extenuación por políticos y publicistas para “embellecer” lo que de verdad quieren transmitir y conseguir el aplauso del grupo mayoritario de palmeros. El anuncio de las cuchillas de afeitar realizado por el mayor fabricante de artilugios para rasurar masculinas barbas (y femeninas piernas) es un buen ejemplo de ambas estrategias.

Un mensaje demagógico: los hombres son sujetos potencialmente malos y todavía están a tiempo de redimirse…

En el anuncio, “spot” o soflama, con el consabido apoyo de la estética cinematográfica y del sentimentalismo ideológico, se dice básicamente una cosa; los hombres (especialmente los caucásicos blancos) son sujetos potencialmente malos que contienen la semilla del mal y llevan en sus instintos y transmiten entre su masculina progenie el aporrear, despreciar y vejar a los débiles (entre este grupo incluyen a las mujeres), pero como conservan un poco de humanidad (y aquello del “libre albedrío”), todavía están a tiempo de redimirse si siguen los piadosos y devotos mandatos que el anuncio explicita (y que son, curiosamente, los hegemónicos en nuestros días). Y claro, ambas premisas ofenden a algunos hombres a los que se les acusa, desde los mismos promotores del redentor mensaje, de mostrar con su ofensa un apoyo explícito y directo al aporreamiento generalizado de los débiles. No creo yo que ese sea el motivo de cabreo en la mayoría de los ofendidos sino un hartazgo por ser catalogados de culpables (o de potenciales culpables) por el simple hecho de ser hombres además de por tener que estar recibiendo todo el día lecciones morales de cómo evitar caer en su “natural” inclinación.

Como mujer, estoy cansada de que, por culpa de unos hijos de puta, se catalogue de hijos de puta a todos los hombres

Como mujer, yo también estoy un poco cansada de que el comportamiento real y cierto de unos hijos de puta parezca servir para intentar catalogar de hijos de puta a todo un sexo, cansada de que se recuperen nociones como la del “pecado original” (y que se haya concentrado en exclusiva, no en los tiernos infantes sino en los que tienen barba), hastiada de que algunas mujeres anden prioritariamente preocupadas en definir lo que son los otros y cómo deberían ser, sin preguntarse qué somos nosotras y cómo deberíamos ser, mosca con que a unos se les incluya en el genérico de culpables y con ello a nosotras con el genérico de “víctimas”, escamada de que los planteamientos morales, jurídicos y sociales que deben acabar con los hijos de puta se contenten con intentar convencernos, como si fuésemos perpetuas niñitas indefensas, que hay que mirar mal, recelar y condenar a la mitad “afeitable” de la humanidad, y estoy hasta los mismísimos ovarios de que se use el sagrado nombre del feminismo para todo esto (incluido el vender cuchillas de afeitar).

Sí, que cambien los hombres… ¡pero, por Dios, que se sigan afeitando!

Está bien que los mensajes tendentes a hacernos una sociedad de derechos igualitaria (evitando si es posible en el camino la igualación) en la que el más fuerte no tiene ni más derecho ni más razón (tampoco los tiene el más “hegemónico” el que piensa o al menos repite más lo que más se dice) se divulguen para que además de cumplirse puedan ser sometidos a juicio crítico de una ciudadanía que dialoga y prospera y hace prosperar el argumentario en el diálogo, pero sin esto último y sin premisas como que lo dicho sea razonable y sincero, no habrá nunca propuestas sino imposiciones por taimadas, bienintencionadas y coloreadas que vengan. Y puestos ya a reivindicar, lo que a una le enciende más que una tea es el que, detrás de todo esto, de todo este fariseísmo, no esté la voluntad (esa sí feminista) de hacer un mundo mejor, más cooperativo y solidario entre los sexos, sino que esté una ideología mercantil que parasita todos los buenos propósitos del mundo para ocultar sus verdaderos intereses, que en este caso no sería otro que el que podríamos enunciar como; “Sí, que cambien los hombres…¡pero, por Dios, que se sigan afeitando!”

|

Comentarios