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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

La famosa postura del “69”

Con las eróticas y las amatorias pasa un poco como con los colores; que deviene absurdo intentar establecer cuál es “mejor” que el otro. Y es que su valoración depende del contexto situacional y de los gustos subjetivos de cada uno/a. Pero si servidora tuviera ahora mismo que establecer algo así como una valoración general de esta práctica erótica, y por ir avanzando en lo que vendrá, utilizaría una expresión que, al parecer, es de origen arábigo andaluz y del medievo pero que fue popularizada por Lope de Vega en el siglo XVII y que reza así; “El perro del hortelano, que ni come ni deja comer” (valga lo de “comer” en su más estricto y concupiscente sentido metafórico). Y es que el llamado “69” me parece, en líneas generales, y por seguir con el refranero, la erótica del nadar y guardar la ropa. Algo, eso de nadar y guardar la ropa, que no se lleva excesivamente bien ni con el nadar ni con el guardar la ropa y mucho menos en las eróticas que requieren eficacia, concentración, desinhibición y talento en lo que se hace en cada momento.

No digo yo que, como entretenimiento lúdico, el “69” no pueda funcionar o, como complementariedad y “aditivo” en las amatorias, deba ser descartable (pegarse un rápido “chapuzón” puede tener su gracia…), pero no recomendaría esa actividad como prioritaria si lo que se quiere es ganar la medalla del gozo en una prueba de natación o si se pretende descubrir el fondo marino (secretas aspiraciones que todos anhelamos cuando nos metemos en esos húmedos pantanales de las eróticas).

Algunas consideraciones generales sobre el “69”

Sí es cierto que, plásticamente, el “69” tiene cierta “espectacularidad” a la vez que cierta facilidad teórica de realización (de ahí quizá su éxito especialmente entre los primerizos o los menos “corridos”). También su planteamiento teórico es atractivo; el poder estimularse mutuamente y simultáneamente los genitales mediante sexo oral y o masturbación, puede resultar de inicio muy sugerente, pero el problema que se puede encontrar, como venimos indicando, es precisamente esa simultaneidad, especialmente en nosotras que siempre requerimos de mayor concentración en permitir la irrupción de nuestro gozo y siempre estamos más condenadamente atentas a todo lo que no es ese gozo en sí (y en el “69”, como en otras posiciones, nuestros genitales están literalmente sobre los ojos de nuestro/a compañero/a).

Un poquito de historia sobre el “69”

Su nombre, al parecer de origen francés (si es que en esto del fornicio somos unos hachas) y relativamente reciente procede, y esto es obvio, de que la propia grafía del “69” refleja la complementariedad invertida que parecen adaptar esas dos cifras conformando el número. Parece que su mención más frecuente no era “69” sino “6 y 9”… pero ya se sabe, si algo lo podemos contraer y apocar, lo apocamos. En los celebérrimos “Kamasutras”, donde se suele representar la mujer acostada y el hombre encima, es posiblemente nombrada con el nombre de “kalilla” o “postura del cuervo” o “los pájaros entrelazados”, y hay autores que no han dejado de ver una curiosa relación entre “69” y el “taijitu” o el célebre diagrama de complementariedad y continuidad entre el “ying” y el “yang”. Hay también algunos (si es que por darle vueltas al tema no será… los humanos buscando explicaciones y chorradas somos, como dice un amigo andaluz, “muuu seguíos”) que ven en el “69” colocado en posición horizontal el signo acuático del horóscopo de “cáncer” que, por ser acuático, haría referencia al líquido que pasa de boca a genitales y viceversa en un circuito continuo.

69”, “68”, “42”…

Últimamente, y es que ya lo sabemos, la novedad manda y lo que era tradicional pasa en unos minutos a ser superado, se empezó a hablar de una postura como el “68” que superaba con creces, según la publicidad “informativa”, los rendimientos del “69”, aunque sacrificaba para ello la complementariedad y simultaneidad. Básicamente consiste en que uno tumbado sobre la cama y con las rodillas recogidas, aloja al otro encima de su cuerpo de forma invertida, es decir, mirando hacia el techo (apoya para su comodidad la cabeza sobre las rodillas del que está abajo) y le expone sus genitales sobre el rostro para el lameteo. Pero el reinado del “68” duró en el mundo del papel cuché y de lo ultimísimo, poco, pues ya puestos a realizar una felación o un cunnilingus, vino a imponerse más o menos lo de siempre; el “42”, que no es más que uno (el “chupable”) se siente con las piernas abiertas y separado del asiento y el otro (el “chupante”) se ponga de rodillas frente a él y se encorve para la tarea… En fin, que para estos cestos tampoco haría falta tan numéricos mimbres. Vamos, que no sé yo si en eróticas vamos progresando, pero en numerología lo hacemos mucho más que en matemáticas. Y es que la cosa, y por volver a los colores y los gustos, se está poniendo, habrá que reconocerlo, un poquito negra.

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