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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Lo que nunca hay que hacer en el sexo (incluso si eres una depravada…)

De James Joyce, además de obras como “Ulises”, “Dublineses” o “Finnegans Wake”, conservamos otros escritos. Entre ellos, cartas de amor dirigidas a su esposa Nora en las que podemos leer cosas como; “Compra bragas de puta, amor, y trata de perfumarlas con algunos de tus agradables aromas…”. En lo de “aromas” se entiende que no son perfumes de la China o sándalo de la India sino los propios derivados de alguien que lleva bragas y tiene un aparato digestivo… Aromas en cualquier caso calificados de “agradables” por Joyce. Bien, pues eso lo único que refleja, y no es gran cosa en la biografía de nadie, es que posiblemente Joyce fuera un coprofílico (por otros datos que tenemos, quizá situado en las áreas más “devotas” de las eróticas que asocian el sexo con la escatología) y, en cualquier caso, que le ponía más lo que la mayoría considera sucio o repugnante que las limpitas modelos de “Victoria Secret”. ¿Quiere eso decir que Joyce hacía cosas que nunca hay que hacer en el sexo? No, en absoluto.

Cuando los articulitos y recomendaciones habituales de lo que “nunca hay que hacer en el sexo” nos vienen a decir, por ejemplo y con palabras más finas, que si quieres triunfar con tu amante, “debes limpiarte bien el culito”, hay que saber que no siempre aciertan en la recomendación, porque una puede no haberse pegado una duchita antes del sexo y hacer las cosas bien… pero que muy bien. En el sexo “todo se puede hacer”, no hay eróticas buenas o malas y esas eróticas por si mismas no determinan la “calidad” del amante, siempre que siga una regla de oro: que se haga entre personas con la suficiente madurez y capacidad de análisis de la situación y que se haga de forma consentida, acordada y con el beneplácito sincero de los implicados. Lo que pasa es que eso que “se puede hacer” se puede hacer “bien” o “mal”; no sabemos, por la información que tenemos, si Joyce lo hacía “bien” o “mal” pero sí sabemos que por hacer lo que hacía no hacía “mal”.

La regla de oro: todo en el sexo se puede hacer siempre y cuando sea consensuado

Así que, cosas como dejarse puestos los calcetines, que se te escape un “aire” intestinal o que tus pies huelan a pies y no a rosas de Maracaibo, no implican indefectiblemente que seas un horror como amante, por más que a la mayoría de las personas no nos gusta que nos sucedan estas cosas en un primer encuentro o hasta que conozcamos bien nuestras preferencias y las de nuestro “partner” (la citada carta de amor de Joyce a Nora no debía ser la primera carta que le escribiera). Por lo que muy por encima de esos hechos referidos, sí hay algunas cosas que nos pueden garantizar que lo que estemos haciendo, sea lo que sea, se realice de forma satisfactoria para los amantes y no condenen nuestro encuentro sexual al fracaso. Cuatro preguntas nos pueden anticipar el éxito (o no) del carnal encuentro.

Las cuatro preguntas fundamentales que debemos hacernos

La primera de las preguntas que nos podemos hacer en el momento en el que iniciamos una interacción sexual es; ¿podrías estar ahora mismo haciendo otra cosa? Si la respuesta es que (podría estar pintándome las uñas de los pies, aprendiendo ruso o planificando mi viaje a las Seychelles), mejor déjalo porque se está incumpliendo el primer mandamiento de un reconfortante encuentro sexual; la inevitabilidad del mismo. Si la situación es evitable, su desarrollo siempre dejará algo que desear. La desidia, la apatía o en cualquier caso la falta de entrega y focalización en lo que estás haciendo no augura nada bueno.

Segunda pregunta; ¿tengo buen aspecto en este preciso momento? Si no lo sabes y no te importa, bien. Una preocupación excesiva por tu aspecto en esta situación precisa va a implicar el auto chequearse (que si la celulitis, que si el aliento, que si patatín o patatán…) que va a generarte, además de distracción, ansiedad. Y la ansiedad y el sexo son como la risa y la palabra; o lo uno o lo otro.

Tercera pregunta; ¿conoces tu siguiente movimiento? Si sabes con anticipación lo que, en plena interacción sexual, vas a hacer (que si una felación, que si ponerte de espaldas…), entonces es posible que estés metida en una racional “estandarización” de tus acciones, es decir, que folles de una manera puramente procedimental y con poco margen a la improvisación. Y eso a veces funciona, pero las más de las veces, por buena que sea la “rutina de ejercicios de mazas”, refleja falta de espontaneidad y no es buen síntoma. Y una cuarta pregunta; ¿puedes hacerte más preguntas? Si es que sí, más vale que te las formules y mandes de vuelta a casa a tu amante, porque habrás caído en la alternativa de la primera pregunta y el “arrebato” o su posibilidad se habrá alejado.

Lee a Joyce…

Y por último, una recomendación de lo que podrías hacer para garantizar el éxito, no ya en este encuentro sino en el siguiente; podría servir el leer un ratito, después del “arreón”, a Joyce… Y es que una cabeza bien amueblada es un cuerpo bien lubricado (o, como decían más cultamente los latinos; “mens sana in corpore sano”. Y otro día, hablamos de lo que en sexo significa lo de “sano”…

Valérie Tasso

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