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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Mature couple lying in bed, having relationship problems

¿De verdad el sexo era mejor al inicio de nuestra relación?

Suele ser un reproche y una constatación que a las parejas de largo trayecto les arremeten en cualquier momento bajo lapidarias observaciones del tipo “ya no hay pasión entre nosotros” o “cuando hacemos el amor, ya no es como antes”…. Fórmulas invocatorias que, como hace la guija con los espíritus, suelen apelar a las tremebundas sentencias (ríete tú de la de Sócrates y la cicuta) del “tú ya no me deseas” y un consecuente “tú ya no me quieres”. Como silogismo argumental, la trayectoria deductiva parece impecable; a la premisa mayor “cuando hacemos el amor ya no es como antes”, le sigue la menor “tú ya no me deseas” y la concluye el consecuente “tú ya no me quieres”, vamos, que la cosa parece tan indiscutible como aquella clásica de “Todos los hombres son mortales/Sócrates es un hombre/Sócrates es mortal”. Pero, afortunadamente, un silogismo no siempre acierta ni da en el clavo, pues se puede dar que existan errores en las premisas y en el consecuente, o que aun siendo dos premisas verdaderas, el consecuente sea más falso que un Cartier “made in China”. En nuestro ejemplo, la primera premisa suele ser cierta, la segunda es discutible y el consecuente es, en muchas más ocasiones de las que creemos, erróneo.

No es que, antes, el sexo era mejor… Era distinto

Pero aquí vamos a centrarnos en la primera; lo de que el sexo contigo antes era mejor. Y lo que podemos decir sobre esa aseveración es que normalmente no parece cierta. Lo sé, suena duro y lo siento, pero si a alguien se le hace la aseveración indigerible, la podemos matizar; quizá no es que fuera mejor pero en cualquier caso era distinto. Ello se debe fundamentalmente a la estructura de nuestro deseo y a las funciones prospectivas que también cumple una interacción sexual. Nuestro deseo, en general y sin que el sexual sea una excepción, es extensivo. Ello significa que le gusta colonizar nuevos territorios, por lo que la novedad le pone más que a mí un bollo de chocolate. Al principio de vuestra relación, todo en él o en ella era novedoso y el deseo lo hacía particularmente prometedor.

Ya lo decía el filósofo sefardí Baruch Spinoza; “No deseamos las cosas bellas, las hacemos bellas al desearlas” y ya es sabido que el deseo, recubierto por los mantos del enamoramiento, tiende a ponernos a todas bajo un estado que el clínico llamaría de “catatimia”, que sería algo así como de “voluntad sometida” o, más estrictamente “bajo el “thymos” (esa parte del alma griega que nos lleva a las pasiones más desaforadas confundiendo nuestra racionalidad). Eso significa que nuestra realidad es deformada a consecuencia de unos estados emocionales inusualmente intensos. Lo bonito lo vemos bonito, pero lo feo también lo vemos bonito… Lo bueno lo vemos mejor, pero lo normal lo vemos inmejorable. Stendhal designó más o menos ese mismo proceso deseante como “cristalización” al ver como una simple rama emergía repleta de brillantes cristales de las aguas heladas (la puñetera ramita devenía una especie de cetro celestial bajo el simple influjo de la helada que, aquí, representaría el deseo). Pues bien, bajo ese criterio del deseo que nos obnubila la realidad y trastoca cuando se da el plomo en oro, es como establecemos el juicio de que la primera vez contigo fue buenísima… o lo que es lo mismo; que en la comparación, la de ahora es poco menos que una mierda. Lo que sucede en realidad, e independientemente de apalancamientos y transformaciones recíprocas de las existencias, es que ahora no estás en un estado catatímico, ha llegado el necesario deshielo y la ramita se muestra como una ramita de cedro y no como una varita mágica.

El otro ya no es novedoso, es algo mucho peor; es familiar

Eso pasa básicamente porque para el deseo, el otro ya no es novedoso sino algo mucho más terrible para el mismo deseo; es “familar”. Esa caída, ese bajar los brazos, del deseo sexual apasionado e inconsciente implica lo del “caerse del guindo”, pero la toma de contacto con la realidad, el poner los pies en el suelo, también puede implicar el sentir un afecto sentimental mucho más intenso y cultivado por el que te acompaña… O lo que es lo mismo; dejar de estar enamorada para amar. También sucede, lo decíamos antes, que las primeras interacciones sexuales con alguien “nuevo” tienen entre sus funciones el ser un análisis predictivo/prospectivo de la viabilidad de la relación.

El deseo que en ellas se da obedece también a la función de valorar si esa persona nos puede acompañar dos pasos o un trecho mucho más largo y, por tanto, el deseo desea explorar al otro hasta sus últimas consecuencias y las más de las veces posibles por minuto. Ambos factores, el carácter “imperialista” del deseo y la necesidad de exploración, son los que suelen hacer cierta esa sentencia, esa premisa primera, de que “el sexo contigo al principio era mejor”, pero como venimos diciendo, el que nos “pareciera” mejor no es algo que en sí mismo nos tenga que quitar el sueño. Normalmente, el sexo con alguien ya conocido y amado es “mejor” en cuanto a que los cuerpos se conocen, se saben leer las apetencias, y todo deviene más preciso, aunque menos deseable, menos frecuente y menos pasional. Y eso en sí mismo (independientemente de otros factores) no tendría que preocuparnos más que lo que nos preocupa el haber dejado de jugar con muñecas… sin que ello obligue a que se nos pasen las puntuales y recomendables ganas de volvernos a poner el uniforme de colegiala y tirarnos al suelo para embadurnarnos de barro con algún nuevo amiguito. Cosas del deseo.

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