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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Los derechos sexuales

A muchas os sonará esta declaración: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna, por motivos de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.” Es el epígrafe 1 del artículo 2 de la llamada “Declaración de Derechos Humanos” adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en París en 1948 y, como se ve, se incluye que entre los motivos de no discriminación por los que puede ser sometido un ser humano, un término: “sexo”. ¿Qué significaba eso a mediados del siglo XX? Pues no es difícil de suponer, que se refería al sexo biológico, o dicho para que todos lo entendamos, especialmente los que firmaron un tratado con vocación universal y ecuménica al final de la Segunda Guerra Mundial, que no se podía discriminar ni dejar fuera de ese acuerdo de derechos a alguien por ser mujer u hombre. Fue sin duda un gran paso, valiente y novedoso, pero un paso que posiblemente, a día de hoy, se quedaría corto vista la pluralidad de sexualidades, eróticas, orientaciones sexuales e identidades sexuales que nuestro marco de comprensión ha ido asumiendo bajo el epígrafe “sexo”. Un par de décadas más tarde y en concordancia con la OMS (Organización Mundial de la Salud), se incluyen los llamados “derechos reproductivos”. Esto, en la práctica, implica que las mujeres tenemos derecho al control sobre nuestro propio cuerpo en materia reproductiva (podemos gestar cuando lo creamos conveniente y no cuando lo crea conveniente otro). Dos décadas después, estamos ya en 1987 y en Kenia concretamente, se incorporan los derechos a la “salud reproductiva” que se podrían sintetizar en la siguiente declaración; “[…] la salud reproductiva entraña la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria, sin riesgos y de procrear, y la libertad para decidir hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia”, con lo que se añade al que podamos (hombres y mujeres, pero esto es especialmente importante en nosotras) además de elegir libremente el momento de nuestra maternidad o la decisión libre de no ejercerla nunca, derechos como el estar informadas de los avances científicos en materia reproductiva, a la información sobre este asunto independientemente de las creencias generales de tipo religioso donde estemos, o a ser atendidas en nuestro derecho general reproductivo en un conveniente centro asistencial integrado en un sistema público de salud. Básica y muy sucintamente, toda esa batería de derechos son los que universalmente se reconocían como “Derechos sexuales y reproductivos”. Como se ve, todavía el hecho sexual humano estaba de facto ligado a la reproducción. Nada muy explícito hasta ese momento sobre nuestra libertad y derecho en cuanto a orientaciones o identidades sexuales se refiere.

De los “Principios de Yogyakarta” a la “Declaración sobre Orientación sexual e Identidad de Género”

Los llamados “Principios de Yogyakarta”, un documento elaborado en la ciudad indonésica de este nombre en 2006 (nótese que de esto hace apenas una década), recogen toda una novedosa serie de premisas para la interpretación de los derechos humanos fundamentales que contemplan ya las cuestiones como las orientaciones sexuales y la conformación de identidades de género, con lo que quedaban contempladas las justas y necesarias reclamaciones de derechos del colectivo de liberación agrupado en aquel momento bajo las siglas LGTB. Conviene señalar, y esto es importante, que estos “Principios de Yogyakarta”, y a día de hoy, no conforman un tratado en sí y por lo tanto no establecen una declaración vinculante de obligado cumplimiento en materia de derechos por parte de los estados (no están ni son un instrumento jurídico ni inserto ni equiparable en la “Declaración de Derechos Humanos”), Son en este momento, por tanto, y pese a la voluntad de devenir vinculantes, unos meros y buenos propósitos, frente a los que aparecen numerosas reticencias entre estados miembros de la Organización de Naciones Unidas. En 2008 y por iniciativa francesa y holandesa con el respaldo de la Unión Europea, se presenta ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y con voluntad de resolución la “Declaración sobre Orientación sexual e Identidad de Género” que reafirman los “Principios de Yogyakarta”, incidiendo en la condena a cualquier discriminación, exclusión o prejuicio por las cuestiones enunciadas en la declaración… pero el resultado es el mismo; no se acepta como norma universal y produce una declaración en sentido opuesto por parte fundamentalmente de los países árabes así como tampoco es suscrita por los EE.UU. y provoca el rechazo ideológico de la Santa Sede. Pese a estar de hecho a día de hoy abiertas y en un impasse ambas declaraciones (la de la Unión Europea y la contraria), lo importante de esta declaración es que, al menos, se supone que será guía de conducta en la Unión Europea promotora de esta declaración pues produce, en 2010, una “recomendación” del Consejo de Europa para la no discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género. 

La “Declaración Universal de los Derechos Sexuales”

Señalar, por último, que en 1997, en el XIII Congreso Mundial de Sexología celebrado en Valencia, se estableció una ampliada y detallada “Declaración Universal de los Derechos Sexuales” que recogen cuestiones, además de las sustanciales de derecho (algunas ya recogidas en la norma universal y otras, como hemos visto, sólo propuestas), como son el derecho al placer sexual, a la expresión sexual o a la educación sexual. Otro buen propósito que, si bien no condiciona al mundo sobre lo que hay que hacer imperativamente en materia legal, marca al menos de manera clara e inequívoca cuál es la posición de la sexología en estos terrenos. Como vemos, quizá sólo un “buen propósito” más, pero es que el camino de los hechos está siempre precedido y alquitranado con la materia de los buenos propósitos (por más que el infierno esté lleno de buenas intenciones).

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