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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

¿Cómo reclamo sexo sin atosigar ni hacer el ridículo?

Cuenta la leyenda una escena que, de puro cliché, deviene recurrente en el mundo de los tópicos; el legítimo más salido que un ciervo en época de berrea intentando ablandarnos para conseguir mantener una relación sexual con nosotras, mientras que en ese momento, a nosotras nos apetece menos tocarle el cimbrel que correr la maratón de Nueva York. Pero el asunto no cede; que si arrumaco por aquí, que si besito en el cuello (que sienta como una ducha fría en febrero), que si roce con el espadín erecto (que parece más un golpe de porra en el occipucio) y demás insinuaciones explícitas de las que cuesta zafarse más que de un luchador de sumo.

Y es que no por tópico no deja de ser cierto, en hombres y mujeres que se aman, que hay momentos dentro de una pareja en los que los deseos corren asimétricos (vamos, que uno tiene ganas y la otra no o viceversa) y que generan una situación incómoda que, si se cronifica en el tiempo, empieza a ser realmente problemática. Todas hemos vivido en algún momento algo así y si se produce en una ocasión puntual, podemos resolverlo sin demasiados daños colaterales, pero cuando la “falta de ganas” mutuas o el desequilibrio en la reciprocidad deviene una lógica deseante en la pareja, ahí tenemos un problema de muy difícil resolución. Vamos, que la cosa, digan lo que digan, tiene muy difícil arreglo si por arreglo se entiende no el asumir la situación o variarla sino el recanalizar el deseo mutuo o del uno por el otro. Y es que cuando el deseo se desplaza es complicadísimo guiarlo y reconducirlo, pues como aquel principio de la energía que enuncia que ni se crea ni se destruye sino que sólo se transforma, en el deseo sucede lo mismo…

Pero en esa transformación el deseo campa a sus anchas con más libertad e iniciativa propia que un caballo desbocado. Otro día nos, ocuparemos de esta problemática, pero valga como anticipo que toda la serie de chorradas que se publicitan como consejos para recobrar el deseo en la pareja no suele servir para nada más que para vender revistas. Cuando la familiaridad se instala, de nada sirve la mascarada para engañar al deseo. Hay formas de tratarlo con posibilidad de éxito, también lo anticipo, pero comportan el riesgo metafórico de un bisturí y requieren la también metafórica mano de un cirujano.

Las fórmulas de “presión” para obtener sexo (que hay que evitar a toda costa)

Pero aquí, nos vamos a ocupar brevemente de las fórmulas y recursos que solemos emplear y que, queriendo solventar la situación, lo único que consiguen es incrementar sus problemáticos efectos. Partamos desde el principio; cuando uno no desea carnalmente a su pareja (lo desea de muchísimas más maneras, pero no de “esa”, no lo olvidemos) pese a amarlo, tiene un señor “marrón” encima. Lo primero que le acomete es que se siente único responsable de la situación, cosa muy discutible pues cuando ya hemos señalada en otras ocasiones lo que pasa en la pareja, debe ser normalmente abordado con la pareja como unidad terapéutica y no por uno solo de los miembros.

En temas de deseo, ni siquiera la “responsabilidad” puede que recaiga en ese “colectivo” pareja. Ese normalmente erróneo asumir como propia la responsabilidad y causa de la situación le produce gran ansiedad, lo cual repercute directamente en incrementar lo conflictivo de la situación y alejar la resolución. ¿Y el agente “paciente” de la situación? Normalmente todas, y en gran medida presionadas por la errónea asociación que equipara el deseo sexual al amor o la sospecha de infidelidad genital, tendemos, de una manera más o menos explícita, a presionar, es decir, a aumentar el sentimiento de culpabilidad y, por lo tanto, de melancolía de nuestra pareja. Entre esas fórmulas de “presión”, está el hacer constar con frecuencia que hay un problema, normalmente apoyándonos en un calendario (“desde junio no hacemos el amor” o “hace cuatro meses que no me tocas”), sin tener en cuenta que el primero que se ha dado cuenta de que hay un problema es nuestra pareja; antes de que la mamá se dé cuenta de que el niño no se come la sopa, el niño constata que no se quiere comer la sopa. Otra fórmula recurrente de presión son los acercamientos sexuales no concertados; las caricias de carácter erótico hechas “como sin querer”, las miradas más o menos lascivas, alguna que otra insinuación verbal matizada o el agarrarnos a la barandilla de la escalera y ponernos a hacer pinitos de “stripper” (cosa muy recomendada en articulitos varios).

Y cuando vemos que estas trampas “pinchan” en hueso, solemos reaccionar, es comprensible, airadamente; nada nos genera más sensación de humillación que proponer y obtener el rechazo, con lo que solemos acabar volviendo al “tenemos que hablar”. Un tercer “movimiento” recurrente, si bien más frecuente en estados eróticos poco experimentados, es decir, más “infantiles”, es el simular interés por un tercero; despertar los celos. Esto, normalmente, se hace más para reafirmar nuestra seguridad de que aún somos deseables que para solucionar de verdad el conflicto de deseo hipo activo para con nosotras de nuestra pareja. Y esa “utilidad” la carga el diablo, o dicho con más propiedad, es una “pharmakón” (un remedio o un veneno) que nunca deberíamos administrarnos sin supervisión terapéutica profesional. Se emplee el truco que se emplee, el resultado siempre suele ser el mismo; la situación, lejos de mejorar, empeora…. Y si por casualidad conseguimos nuestro puntual objetivo, muy posiblemente habremos logrado vencer en una batalla pero habremos perdido la guerra.

Sólo existe una solución para subsanar el problema

En realidad, sólo hay una cosa que puede subsanar el problema; un análisis compartido por los miembros de la pareja con la ayuda de una mediadora (o mediador) profesional que permita crear un relato que identifique, si la hay, la causa que pudo generar la huida del deseo así como las acciones a emprender para hacer compatible esta situación con la vida en pareja o a revertirla. Mientras esto llega, lo mejor es evitar las presiones como las descritas, recordatorios hechos en la intimidad del lecho y los subsiguientes reproches así como intentar comprender qué razonamientos o convenciones son los que nos hacen ver la situación como insostenible con vistas a someterlos a juicio crítico y desahogar al prójimo y desahogarnos nosotras mismas de la responsabilidad de la que emerge la culpa.

Valérie Tasso

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