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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Problem in bed

¿Pueden cambiar mis gustos sexuales a lo largo de mi vida?

Quizá, lo primero que habría que clarificar es que bajo “gustos sexuales” nos referimos básicamente a dos cuestiones; las eróticas (cómo establezco atracciones y soy atraída sexualmente por los demás) y las amatorias (cómo establezco preferencias y qué preferencias son estas en el momento de interactuar sexualmente con alguien). Así, es posible que, por ejemplo, me gusten con preferencia los chicos morenos y altos o las chicas rubias y bajitas y detesto realizar felaciones mientras que puedo adorar que me practiquen un cunnilingus….

Todo esto (y muchas cosas más) conformarían mis “gustos sexuales”. Los gustos sexuales entroncan directamente de los procesos de mi sexualidad conformándola y dirigiéndola, del mismo modo que, por ejemplo, el creer haber detectado lo que más me satisface y me produce gratificación y actuar en consecuencia (como cómo me comporto y me afecto con los demás o lo que leo de preferencia) conformarían mis “gustos personales” dentro de lo que sería lo que denominaríamos mi “personalidad”. Ya hemos explicado en alguna ocasión que sexo es a sexualidad lo que persona podría ser a personalidad.

Como humanos deseantes, siempre estamos en un continuo, dinámico y plástico proceso de aprendizaje y remodelación

Pues bien, hay personas e inclusos líneas de pensamiento, que creen que los gustos sexuales se instalan un día en nosotros como podrían hacerlo las orejas y que, una vez instalados, son inamovibles a lo largo de nuestra existencia. Esto lo vemos, haciendo un parangón metafórico, y por ejemplo en el terreno de las opiniones; ¿cuántas personas manifiestan con orgullo que “piensan” (opinan) lo mismo que hace treinta años como dando a entender que sus criterios y valoraciones son inamovibles y con ello garantía de verdad?, ¿cuántas personas se satisfacen de no cambiar (de no poder cambiar) nunca de opinión? Con los gustos sexuales, pasa un poco lo mismo; hay quienes manifiestan: “a mí siempre me gusta hacerlo por detrás”… Y de ahí no lo sacas ni con hierro candente. Lo cierto es que, en cuanto humanos y humanos deseantes, siempre estamos en un continuo, dinámico y plástico proceso de aprendizaje y remodelación.

Nuestra personalidad y nuestra sexualidad nunca están fijadas (Nietzsche definía al humano como “el animal no fijado”), nunca devienen en un determinado momento petrificadas e inamovibles y siempre están abiertas por el empuje de nuestro deseo y por nuestra capacidad de analizar (si “me gusta” o “no me gusta”) lo que ese empuje del deseo nos aporta de novedoso. Una mujer que no variara sus gustos sexuales desde su más tierna pubertad a su más curtida madurez sería una mujer que no ha existido, que no se ha posicionado nunca fuera de lo que cree que es lo que más le “gusta”, para descubrir si eso que está fuera del “me gusta” le puede procurar mayor satisfacción. Por lo tanto, como pasa con las opiniones, el vanagloriarse de no variar sus gustos personales o sexuales, lejos de ser una garantía de fidelidad a sí misma, suele ser síntoma inequívoco de poca vida o de poco arrojo en ella. Ello no significa, naturalmente, que cada cosa nueva que se prueba a lo largo de la biografía o de la historia de una mujer tenga que procurar mayor satisfacción que lo ya aceptado o que no llegue un momento en que se produzca un cierta estabilización de los gustos, pero sí permite siempre el introducir nuevos matices, nuevos cuestionamientos, en lo que creíamos inamovible.

Nuestra escala de valores es algo que no viene determinada; la vamos construyendo a medida que nos adentramos en la experiencia de la existencia

Pero el gusto, y el gusto sexual en este caso, no sólo depende del placer que obtengamos en una nueva experiencia sino de la “escala de valores” con la que evaluamos esa nueva experiencia. Y nuestra escala de valores dentro de nuestra sexualidad es también algo que no viene determinado de antemano ni permanece nunca inamovible sino que la vamos construyendo, matizando, modificando a medida que nos adentramos en la experiencia de la existencia.

A mí me puede resultar inadmisible en mi escala de valores de determinado momento el ser sodomizada (porque lo encuentro moralmente “sucio” o moralmente “antinatural”) y que, en ese momento, la sodomía sólo se manifieste en mí en forma de “fantasía sexual” pero nunca de “deseo sexual”, sin embargo, puede suceder que de manera paulatina la escala de valores que sanciona esa erótica cambie un buen día, de manera que no lo vea ya tan moralmente reprobable, abriendo las puertas a que devenga un deseo y finalmente una práctica erótica que experimente. Una vez experimentada, porque mis valores morales me lo permiten, a lo mejor entra a formar parte de mis gustos sexuales (o a lo mejor no, pero en este caso no será porque no he tenido o no me he permitido experimentarla).

Tú no eres la mujer que conocí… tú has cambiado

Así que , nuestros gustos sexuales no solo es que cambien sino que son síntoma de estar vivo y de tener el valor de estarlo. Y esto es algo que cuesta entender muchas veces por parte de la persona que nos acompaña si hemos establecido una pareja de largo recorrido, pues si nosotras podemos asumir que lo que antes no nos gustaba ahora empieza a gustarnos, en el otro se suele producir un cortocircuito de mayor o menor envergadura. Cortocircuito que, a raíz de que, por ejemplo, le indiques en pleno “rebujillo” que ahora te gusta que te diga obscenidades y procacidades como si no hubiera un mañana, le lleva muchas veces a llegar a la lapidaria y normalmente incriminatoria afirmación de “tú no eres la mujer que conocí… tú has cambiado”. A lo que habría que responder que “sí, que evidentemente”. Y que tu trabajo te ha costado…

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