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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

¿Es conveniente mostrarnos desnudos ante nuestros hijos?

Hay un pasaje en el Génesis de la Biblia realmente fascinante en eso de entender la desnudez del propio cuerpo. Adán y Eva acaban de comer del árbol del conocimiento y Dios llama a Adán para cantarle las cuarenta. Su voz atrona en el paraíso; “¡Adán!”, pero Adán ni responde ni se muestra. Al poco aparece éste, entre tímido y sobrecogido, intentando taparse torpemente los genitales. Cuando Dios le pregunta por el motivo de su tardanza, Adán balbucea; “Es que estaba desnudo…”. Y entonces Dios, que se las sabe todas, le hace una pregunta propia del que se las sabe todas; “¿Y quién te ha dicho a ti que estabas desnudo…?” Que Adán tenga conciencia de su desnudez es la prueba irrefutable de que ha comido del árbol del conocimiento. Adán y Eva han estado siempre desnudos, triscando como las cabras en el monte, inocentes y sin ver, por tanto, mal alguno en su desnudez, pero la toma de conciencia de su propia condición humana les ha introducido la culpabilidad, el pudor por mostrar su cuerpo desnudo; les hace entender su propio cuerpo como la carne perecedera, mundana, pecaminosa y sexualizada. Adán y Eva ya no son dos chotos que trotan sino dos humanos condenados a padecer la conciencia de su propia condición (parirás entre dolor, te ganarás el pan con el sudor de tu frente… etcétera, etcétera); el paraíso ha devenido, para este particular mono desnudo, un infierno.

Reconocer y ser reconocido

Salvando la épica de tan trascendente suceso, lo cierto es que el desarrollo del niño, de cualquier niño o niña, sigue un poco ese esquema. En los primeros tiempos, en los de la curiosidad todavía “inocente”, su cuerpo es algo extraño para él en lo que puede reafirmarse y procurarse confianza si tiene acceso a la percepción completa de la de sus padres. En ese momento inicial, ver a sus padres desnudos le va a proporcionar a la criatura una necesidad que tiene desde que puso los pies en este particular páramo; la de reconocer y ser reconocido, la de forjar de forma imaginaria la unidad de su estructura psíquica en una identidad que se concrete en un “yo”. Que sus padres sirvan de espejo de su propio cuerpo y por tanto normalicen y coordinen algo que aún se le hace extraño (ese propio cuerpo torpe y descoordinado que lo conforma) es algo que, sin duda, le ayuda en tan titánica tarea. Pero llega un momento, un fatídico momento, en que su desnudez y la “ejemplar” de sus padres ya no son bien recibidas. Es ese momento preadolescente en el que aquello que me conformaba y conformaba a mis progenitores deja de ser “inocente” (etimológicamente “inocente” es aquello “que no hace daño”) para devenir algo susceptible de generar problemáticas (de poder hacer daño, de devenir culpable… de ser fuente de “pecado” en terminología religiosa).

El niño ha pasado de ser una cabrita que retoza en el monte para devenir un humano culpabilizado en el mundo (la carne, el demonio y el mundo han sido concienciados en él). En ese preciso momento y en cuanto progenitor, mejor cubrirse. Es el momento en el que el cuerpo empieza a ser sexualizado no en cuanto a infante sino en cuanto a adulto, y el pequeño y/o la pequeña tienen que enfrentarse a un horror; sus padres follaron para tenerle a él. Y ya le puedes decir que era todo amor; para él, ese enfrentamiento traumático de lucha libre con gritos, gemidos y empujones que representa como una interacción sexual, va a ser enormemente difícil de asumir por él como un acto de amor, afecto, respeto y cariño. Para él, que sus padres se enzarzaran en eso caótico y repugnante y que lo hicieron además con la finalidad de darle un origen (el asumir que él proviene de esa refriega) va a ser un trago duro, muy duro.

Frente a un hijo, siempre nos encontramos “desnudos”…

Así que siguiendo un poco lo que marcan los actuales cánones, podríamos decir que a nuestro hijo, en sus primeros años de vida, le va a venir muy bien el que compartamos con él nuestra existencia sin hacer de la desnudez algo especialmente particular y que merece una cuidadosa atención y análisis. Naturalmente que le surgirán a la criaturita en la comparativa, analogía y análisis crítico que ella realice de su cuerpo y de los nuestros, preguntas que deberemos intentar responder de la forma más sencilla, sincera, honesta y asequible que podamos. También debemos introducirle paulatinamente un cierto sentido del pudor (ese “traumatismo” de tener que asumir la “ley” le evitará otros mayores) derivado de lo que las convenciones sexuales sobre la desnudez le van a reportar, pero intentando evitar en la medida de lo posible que esa futura conciencia que va a adquirir de su cuerpo (y que en gran medida y sin quererlo le introduciremos nosotros mismos) sea especialmente virulenta y culpabilizadora.

Después, como a partir de los seis o siete años según algunos autores, comienza por parte del pequeño una repliegue en sí mismo, una necesidad de privacidad y auto reconocimiento, que nosotros no sólo tenemos que respetar sino que hasta alentar siendo más precavidos en la exhibición de nuestra propia desnudez…. todo ello en teoría. En teoría, porque nada hay peor que unos padres que, queriendo hacer lo conveniente, hagan algo que les supone un inconveniente. El pequeño detectará, antes de ver incluso lo que tienen papá y mamá, la inconveniencia. Y es que, en este aspecto pero también en todos los otros infinitos aspectos que comportan intentar educar a nuestros hijos de la mejor manera posible en cada uno de los imprevisibles y variables cambios de su existencia humana, se diga lo que se diga, lo cierto es que, independientemente de que nos cubramos con ropas o no, siempre frente a un hijo nos encontramos “desnudos”.

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