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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

¿Por qué hay hombres “heteros” que se resisten al sexo anal?

La “excelencia” en materia sexual de un “macho hetero” se forjó antes incluso de nuestra era (si por nuestra era entendemos el acontecimiento de la venida de Cristo que establece, con variaciones, nuestra forma de concebir el tiempo de un calendario). Fue paulatinamente y en algún momento entre los antiguos griegos y los romanos, aunque más que probablemente estos tan sólo recogieron los ideales de virilidad que otros pueblos y otras culturas habían ido adoptando con relación a lo que debía ser un auténtico “macho”. Ya nos hemos extendido en algunos otros artículos sobre lo que era y el por qué se deposita en los varones ese constructo cultural de excelencia que venimos en llamar “virilidad”, pero aquí nos centraremos en dos aspectos concretos; heterosexualidad masculina y sexo anal. Lo primero que habría que decir es que heterosexualidad era un término absolutamente extraño para los romanos, tan extraño que ni siquiera tuvieron necesidad de caracterizar a nadie en su sexualidad como de “heterosexual”.

Cropped shot of a handsome young shirtless man lying in bed at home

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Y es que el término “heterosexual” tiene un origen muy reciente (es del siglo XIX) y una función muy específica; la de establecer desde la clínica una orientación sexual contraria a otra considerada patológica y que se había nominado unos años antes; la “homosexualidad”. Los romanos, por tanto, los que a grandes rasgos forjan el concepto de virilidad que sigue, en gran medida, vigente, no eran ni homosexuales ni heterosexuales, es decir, podían mantener unas orientaciones y unas preferencias sexuales pero no tenían ninguna necesidad de catalogar a los varones de una y otra manera (del mismo modo que, por ejemplo, nosotros no tenemos necesidad de distinguir a los varones en función del número de donuts que se pueden comer a la semana… por más que haya algunos que los coman y otros que no). Para los romanos, yacer carnalmente con un joven efebo o con una mujer no significaba una diferencia sustancial (ni, por supuesto, patológica) aunque sí sus “mores” (su código moral) marcaban diferencias sobre las circunstancias en que estas interacciones debían producirse.

Así, los hombres, especialmente los “virus togatus” (los maduros respetables y con una posición social establecida), podían yacer con otros hombres, jóvenes y preferentemente imberbes, con finalidades exclusivamente hedónicas (para “pasárselo” bien), del mismo modo que lo podían hacer con una meretriz, pero hubiera sido impensable que contrajeran matrimonio con alguno de ellos; para eso estaba la mujer que administraba la “domus” y le dotaba de progenie. El hecho de que la homosexualidad no fuera sancionada, pues ni siquiera la consideraban, no implicaba que no hubieran una clara distinción entre los sexos; lo que un romano nunca permitía en otro romano varón y era frecuente motivo de burla es que fuera afeminado. Es decir, que en su comportamiento (no en sus preferencias eróticas), estuviera demasiado cerca de lo de la mujer. Si en su forma de expresar sentimientos, moverse o afrontar los conflictos, actuaba de manera sospechosamente femenina (o de lo que para ellos caracterizaba lo femenino), la reprimenda moral se cernía sobre él, no en forma de sanción legal pero sí en forma de burla, mofa y desprecio. Cuando yo era una chiquilla todavía a los chicos que no mostraban suficiente hombría, porque lloraban o evitaban el enfrentamiento a guantazos, se les discriminaba bajo la moralizante clasificación de “eres una nenaza”.

Cualquier tipo de juego erótico con el ano era visto como una muestra de pasividad y falta de virilidad

Si nos centramos ahora en el ano y lo valoramos sobre esos parámetros de virilidad, vemos que para los antiguos latinos no existía ningún impedimento por el que esa zona no pudiera ser utilizada por un varón para el placer, independientemente de que fuera el ano de una mujer o el de otro hombre. Sólo había una regla de oro que ningún varón que se preciara como tal pudiera vulnerar; debía ser siempre el agente activo, el “que daba” y nunca un mero sujeto pasivo (eso era cosa de mujeres, esclavos o efebos). Así, y por lo que decimos, el sexo anal ni era cosa de homosexuales (pues ni existían) ni era cosa de afeminados (los “machotes” podían perfectamente demostrar su virilidad en esa erótica) ni implicaba ningún juicio moral negativo siempre que se respetara ese dogma de la virilidad; penetrar el ojete ajeno pero nunca dejar que el propio sea penetrado. Y cuando digo “penetrar”, me refiero justo a eso; la sodomía en su clásica acepción de meter el pene… Cualquier tipo de juego erótico o de recreación con el ano ajeno o propio (como por ejemplo el “anilingus”) era ya visto como una muestra imperdonable de pasividad y por tanto de falta de virilidad.

Nos hemos quedado con lo peor aunque, afortunadamente, las cosas están cambiando

En nuestra más reciente época, los varones “medios” se quedaron con lo peor de los dos mundos; el sexo anal era algo exclusivo de homosexuales (y por tanto algo “patológico”), cosa que como decimos hubiera sido inconcebible el considerarlo así para un viril legionario romano, pero adoptaron de ellos el que con la “gatera” (exclusivamente femenina, por lo que acabamos de indicar) sólo se pudiera ser “activo”. Ello dio como resultado que en los procesos de sexualidad masculina y en sus eróticas “estándar”, a su culo ni acercarse… Algo que, afortunadamente para ellos, está cambiando muy, pero que muy, recientemente; el popularizar las virtudes eróticas que puede tener la estimulación prostática (a la que sólo se puede acceder por el recto o con el bisturí… y suele ser mejor lo primero) o la relajación de las exigencias por el devenir un rato “pasivo” han ayudado, sin duda, el que algunos “machos heterosexuales” no pongan en cuestión su masculina virilidad si su pareja sexual se entretiene un ratos en esos placenteros y en gran medida inexplorados “juegos en la trastienda”. Y luego está, claramente, lo de “dar por culo”… Pero en eso de fastidiar a los demás seguimos, hombres y mujeres, comportándonos igual que en tiempos de Viriato.

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