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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

¿Nos “empoderan” a las mujeres las nuevas posibilidades de comunicación digital?

Así como de inicio, diré que en español el verbo “empoderar” me suena fatal. Sé, porque lo he consultado, que como término, existe recogido de antiguo en los diccionarios de la lengua española pero que es un arcaísmo que perdió cualquier vigencia en el lenguaje, por lo que “empoderar”, en la acepción que se emplea hoy y por quien lo emplea, es en realidad un anglicismo que, además, asume todos los riesgos de tratarse de una traducción literal (de “empower”). Y ya sabemos que las traducciones literales las carga el diablo. Digo esto porque a un discurso, razonamiento o colectivo también lo “fortalece” (lo “empodera” por si alguien no recuerda lo que significa “fortalecer”) el utilizar el lenguaje con criterio.

Visibilizar es el preámbulo del reconocer y reconocer es desarticular la ignorancia

Bien, dicho esto, resulta evidente que cualquier particularidad, colectivo o idea que no se conoce es muy difícil que, en lo social, adquiera poder para interferir precisamente en eso de lo social, y si algo nos ha caracterizado a las mujeres es que durante muchísimo tiempo, demasiado tiempo, hemos permanecido ocultadas, silenciadas y, en gran medida, “desconocidas” para todos los discursos (políticos, clínicos, artísticos…) que articulaban el edificio de nuestra estructura social y, por lo tanto, las tomas de decisiones y de poder sobre su propia conformación. Visibilizar es el preámbulo necesario del reconocer y reconocer significa adquirir conocimiento, o lo que viene a ser lo mismo; desarticular la ignorancia que suele operar anatemizando lo desconocido. En todo ese proceso de mostrar a la luz una realidad, la femenina, consustancial a toda realidad social pero mantenida inoperante (o enormemente restringida), la sociedad de la digitalización ha tenido indudablemente una función capital.

Que lo femenino pueda finalmente alcanzar desde hace poco lo público (y no las meras plazas de los mentideros), que abandone las charlas endogámicas y privadas de los gineceos para irrumpir en el terreno que conforma ciudadanía y política (lo público) se debe, en gran medida, a ese arma de doble filo que representa el poder decir “urbi et orbe” lo que constituye el ser mujer y lo que esa constitución debe suponer para todos. Tomemos, por ejemplo, el movimiento “#MeToo”. Independientemente de los juicios de valor que sobre él se puedan hacer relativos a la razón o la exactitud de su argumentario, lo que es indiscutible es que muestra una realidad social que, hasta entonces permanecía soterrada, invisible por asumirse la misoginia como algo “natural” en la relación de los sexos. Sin la contribución de redes sociales como “Myspace” primero y “Twitter” posteriormente, la enorme visualización que adquieren sus testimonios y consecuentes reivindicaciones hubiera sido simplemente impensable (como fue impensable el que lo hiciera antes de la existencia de esa posibilidad tecnológica). Este caso ejemplifica una reivindicación concreta, pero auténticas chorradas como los “hashtags” (las “etiquetas”, por si alguien ya no recuerda esa acepción de “etiqueta”) tipo, “#miercolesdeculos”, también contribuyen no tanto a mostrar partes de la anatomía femenina sino lo que una mujer pueda hacer con esas partes… El poder que adquiere o quiere adquirir en la autónoma disposición de su cuerpo. Del mismo modo, la sexualidad femenina en sus infinitas caracterizaciones, ha sido también en tiempos recientes y gracias a los soportes tecnológicos de intercambio de datos, expuesta hasta la extenuación, visibilizada, posibilitada para alcanzar reconocimiento y verdad frente a la nebulosa de tópicos, creencias y errores sobre la que se construía como si de un cuento de hadas o de brujas malas se tratara.

El riesgo: que el ruido ahogue la melodía, que la ingente cháchara haga inaudible lo sustancial

Naturalmente, el peligro de esa sobre exposición de lo femenino que permite este mundo cada vez más abierto y transparente, es que, desarticulando una ignorancia creemos otra… además globalizada. Los riesgos e inquietudes que la reivindicación, ilustración y juicio feministas deben afrontar son los inherentes a los tiempos que vivimos. Por ejemplo el que el ruido ahogue la melodía, que la ingente cháchara haga inaudible lo sustancial (o que en palabras de T.S. Elliot: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con el conocimiento?, ¿dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?”). Pero también el que los criterios de validación se certifiquen en el número de “likes” y no en la calidad de lo que se versa al mundo, o que la privacidad acabe subsumiendo lo público al acumulativo de particularidades (no habrá posibilidad alguna, ni política ni reivindicativa ni progresista si se extingue lo público). De nosotras, de las mujeres (de la “mujer hoy”), dependerá también, y esa será nuestra gran demostración, el saber decir lo que somos, lo que aspiramos a ser y cómo vamos a ser capaces de crear mundo y presente. Piénsalo cada vez que expreses, en cuanto mujer, una reivindicación, somete a análisis crítico las causas que globalmente apoyas o, cuando divulgues contenidos ajenos o retuitees algo, intenta verificar su contenido y pregúntate el motivo por el que lo haces. Todas esas obvias y sensatas medidas son en sí mismas una manifestación capital de las responsabilidades de ponerse en valor y conseguir influir en el mundo (de “empoderarse”, por si alguien ha olvidado lo que significa ponerse en valor e influir en el mundo).

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