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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

¿Qué es el “patriarcado”?

Patriarcado es un concepto antropológico que intenta explicar toda una estructura de organización social elaborada culturalmente a partir de unas relaciones de linaje que otorgan predominio de mando familiar o de autoridad social en el varón. Nada más y nada menos.

El tránsito entre naturaleza y cultura

Hubo un tiempo, aunque parezca mentira, en el que lo único que sabíamos como humanos paleolíticos era que la mujer podía gestar. No asociábamos ni tan siquiera, entre cazas y recolecciones, que el origen de una gestación fuera el coito con varón, por lo que la descendencia que de una mujer pudiera emerger era exclusivamente de ésta (era una organización social matrilineal cuya línea de filiación sólo se apoyaba en las mujeres). El padre ni se sabía quién era, ni tenía importancia alguna, ni tan siquiera se sabía que existiera ni cultural ni biológicamente la existencia de la figura paterna. Las niñas y niños que nacían eran sociabilizados por el colectivo y, de ellos, lo único que se sabía, y con eso había bastante, es quién era su madre. Aquí conviene detenerse un segundo. Es más que posible que en ese estadio “natural” no rigieran dos principios que la antropología establece, fundamentalmente a partir del estructuralista Claude Lévi-Strauss, como activadores de la cultura; el “tabú del incesto” y la llamada “ley de la exogamia”. A lo que ambos principios apelan es a que las relaciones de orden sexual se produzcan fuera del contexto más cercano de consanguineidad (incesto) y fuera del grupo social establecido (tribu, clan…). Esto, esta norma antropológica universal que parece especialmente sencilla de comprender y asumir para nosotros, es capital en el desarrollo de nuestra vida en común, pues marca para autores como el citado Lévi-Strauss el tránsito entre la naturaleza y la cultura. Asumir esa exogamia sexual en sus distintos niveles de “cercanía” es lo que nos empuja a la civilización; a establecer niveles de cooperación, relaciones solidarias y competenciales, en cualquier caso vínculos, con aquellos grupos exógenos (“culturas”) que han encontrado distintas “soluciones” a eso de vivir como un humano. El que esos principios sexuales dieran lugar a una organización social o a otra fue el producto de ese mismo estado civilizatorio que emana de ellas.

El interdicto de “tocar” a la mujer del propio linaje hace que se tengan que establecer leyes “culturales” y “civilizadas” que regulen esa prohibición. Todo esto posiblemente pasó, en nuestra especie, en un momento de una enorme complejidad y cambios que venimos a llamar la “revolución neolítica”, pero en cualquier caso, lo que es seguro es que en el extenso periodo que duró, toda esa organización social previa se vio sacudida y modificada hasta la médula; fue el inicio del patriarcado. El padre se descubrió padre (el “patriachés”: literalmente, “el que manda sobre la descendencia o la familia”), las asociaciones progenitoras se organizaron en parejas matrimoniales, la distribución de roles se especificaron (tú a casa a cuidar a mis hijos y yo a recoger las remolachas), y la capacidad genésica de la mujer devino una propiedad (término nuevo hasta entonces éste de “propiedad”) extraordinariamente valiosa que había que proteger y controlar exhaustivamente. Pero no devino una propiedad de la mujer sino una propiedad del hombre y por extensión de la “familia”, o lo que es lo mismo, del hombre (del “pater familias”) que asumía la responsabilidad y el compromiso de alimentar a todos los miembros que debían saciar su “fames” (su “hambre”, origen etimológico de “familia”) en el micro colectivo conformado en torno a él. La capacidad generadora de la mujer y, por extensión, la propia mujer, pasó así a ser un “bien” bajo la entera responsabilidad de un hombre que debía, como hacía con cualquier otra propiedad que le perteneciera, proteger, controlar y hasta comerciar o establecer tratados de paz con él. Es en esta nueva y particular concepción de los sexos, las relaciones humanas y por lo tanto el mundo, en el que se inventa, por ejemplo, un concepto como el de “virginidad” (una especie de marchamo de calidad que pretendía asegurar que la hembra poseída por la línea patrilineal garantizaría la línea patrilineal de otro varón… una prueba de virtud más del “propietario” de la hembra que de la propia hembra), pero también multitud de constructos culturales que hemos asumido como consustanciales al mundo o “ley de vida”.

Todavía se habla de él con más bilis que neuronas…

Así las cosas, no deja de resultar lógico que esa base de sustentación que ordena toda la ingeniería social en la que nos encontramos inmersos, se haya puesto en cuestión y se intenten desplazar sus ejes, y que no falten los que, por un lado, ven un patriarcado enormemente vigoroso aún en nuestro tiempo como los que anuncian que el patriarcado y sus normatividades ya no existen. Lo que parece, en cualquier caso, es que el patriarcado ha dejado de ser un concepto que hay que entender y sobre el que hay que pensar para devenir una herramienta, normalmente adjetival, de lucha política y reivindicación que establece sinonimia, demasiadas veces, con más bilis que neuronas, el concepto “patriarcado” con “maldad masculina” (o similar). Y, por último, lo sé; puede resultar raro que para hablar de este tema haya que remontarse al tiempo de las cavernas, pero deja de serlo cuando en materia de sexualidad y de autonomía femenina nos damos cuenta de lo cerca que todavía estamos, a diestra y siniestra, de ellas (de las cavernas, me refiero…).

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