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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

¿Qué es el “Freebleeding”?

El estigma de la sangre menstrual viene de antiguo. Y es que algo tan curioso (y natural) como que las mujeres sangremos por el coño una vez al mes ha servido de argumento simbólico de primera magnitud para todas aquellas creencias y argumentarios que han sustentado el que la mujer, por el hecho de serlo, es un ser inferior, debilitado, impuro y pecaminoso que muestra en el sangrado menstrual lo “evidente” de esas categorizaciones. El aislamiento y la reclusión derivados de ese fenómeno de sangrar, la prohibición de contacto carnal durante ese periodo, la particularidad de la toxicidad de ese elemento hemoglobínico que hace de la mujer un ser contagioso que envenena todo aquello que toca (hasta corta la mayonesa), han sido algunas de las supersticiones y creencias fundamentadas en el pensamiento mágico que más han acompañado y servido de cimiento a todos los sistemas morales misóginos en todos los tiempos y culturas. Detrás, una única causa y la misma de siempre; el espanto y la incomprensión por la alteridad femenina que han sentido los hombres.

La autonomía y soberanía del cuerpo femenino por parte de la propia mujer

El llamado “freebleeding”, literalmente “sangrado libre”, es un “gesto” más que un movimiento originariamente de carácter político y de orientación feminista consistente en no utilizar ningún elemento externo de contención del sangrado menstrual y despreocuparse, en gran medida, por si se produce alguna temida “mácula” a consecuencia de él. Su finalidad es clara aunque poliédrica; la más evidente es el visualizar y de ahí normalizar algo que ha estado, durante milenios, intentado ser escondido como sinónimo de vergüenza y de condena de lo femenino (el “meenstruum” que llamaban los latinos; “lo que se produce en el “mensis”, es decir en el mes lunar). Pero también, con el “freebleeding” se pretenden poner sobre la plaza pública otras cuestiones, como por ejemplo, el sueño libertario (y “liberal” en su clásica acepción) de alcanzar una soberanía en la libre disposición del propio cuerpo; la autonomía y soberanía del cuerpo femenino por parte de la propia mujer (y no a través de una tutorialización masculina) ha sido quizá la reivindicación más justa y enconada del feminismo de todos los tiempos y olas… Conviene recordarlo ahora que algunas mujeres nos quieren repetir a todas de manera impositiva lo que tenemos que hacer con nuestro propio cuerpo.

Aquí, el objetivo es el ganarle terreno a las convenciones sociales y a los dictados morales (de antiguo, organizados mucho más “contra” que “con” la mujer) que nos han tradicionalmente catalogado, sujetado, invisibilizado, y ganarle ese terreno subvirtiendo esa ley universal no escrita de que la mujer debe ser, en cualquier caso, permanentemente inmaculada, impoluta y santa (y si no lo consigue es porque es el diablo con tetas). Ambas aspiraciones teóricas e ideológicas del “freebleeding”, el normalizar que tenemos la regla (y que la sangre es roja y no un inocuo líquido celeste como en los anuncios de compresas), así como el que el cuerpo de una mujer pertenece a la propia mujer y por tanto de ella depende lo que de él y de su particularidad de sexo muestre, encuentran una especial repercusión simbólica en que la menstruación ha sido y sigue siendo, junto con la gestación, aquello que Simone de Beauvoir llamaba la “esencia de la feminidad” (no deja de ser un riesgo el asociar de manera tan taxativa lo femenino con la menstruación y la gestación… una mujer es muchísimo más que tener la regla y su posibilidad de dar a luz y el hecho de que falte lo uno y/o lo otro no nos resta un ápice de feminidad, no lo olvidemos tampoco). Reivindicaciones secundarias a esas dos de calado que se sintetizan en el dejar de sentirse avergonzada por el hecho de ser mujer, sería también, por ejemplo, el denunciar el excesivo consumo en nuestros tiempos de los llamados elementos de “higiene íntima” (por otra parte, tan antiguos como nuestra propia civilización) así como, dentro de la voluntad reivindicativa del “mi cuerpo es mío” y, por lo tanto, es responsabilidad mía también su conocimiento y gestión, el mostrar que existen fórmulas de control de la emisión del sangrado que permite, con práctica y ejercicios sobre el propio organismo, el detectar y controlar cuándo la expulsión de sangre se va a producir.

No es nada nuevo

El “freebleeding”, contrariamente a lo que algunas puedan pensar en este tiempo ingenuo en el que nos parece que todo son novedades, no es nada nuevo. Nada nuevo ni siquiera en estos tiempos recientes pues, como movimiento reivindicativo, ya está sobre el tapete desde los años setenta del siglo pasado, amparado también, además de por las reivindicaciones descritas, por la voluntad de denunciar el aumento de posibilidades de contraer con el uso de tampones un “síndrome de shock tóxico” (el “TSS”; una infección grave bacteriana). Ahora, sólo queda que junto a las necesarias reivindicaciones que acompañan esta práctica, no se nos imponga a las mujeres, desde la más intransigente ortodoxia tan de moda, el tener que verter rastros de sangre allá por donde pasamos como muestra de nuestra femenina condición; la libertad individual consiste tanto en saber que lo que no me dejan hacer, lo puedo hacer, como en saber no hacerlo.

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