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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

¿Qué es el “chip sexual”?

Lo primero que quizá habría que decir del “chip sexual” es que ni es “chip” ni es “sexual”. El dispositivo en sí no es un circuito integrado de material semiconductor repleto de circuitos electrónicos sino un “pellet” o cápsula, y con referencia a la adjetivación de “sexual”, pues aquí tendríamos que extendernos un mundo sobre lo que significa “sexual” que, en ningún caso es, como se suele creer y vender, lo genital o lo coital, sino lo propio relativo al hecho de los sexos. Pero claro, ya se sabe; “tecnologiza” en su denominación a un botijo (llamándolo, por ejemplo, “interfaz acuoso”) y tendrás más clientes y expectación frente al botijo. Y si además le añades de paso lo de “sexual” (cosa que, para el publicitario no dejaría de ser cierta pues, con sed, uno folla peor), el éxito de audiencia está plenamente garantizado. Así que los que creen que el implante subcutáneo de testosterona está exclusivamente destinado a mejorar eso del fornicio, mejor que lo olvide y eche un trago.

La testosterona, o su falta, son en gran medida responsables de muchos factores que afectan nuestra calidad de vida

La aplicación de testosterona en mujeres (bien normalmente por el sistema de implantación subcutánea, bien por gel) se integra en las llamadas terapias hormonales y su ámbito de aplicación se circunscribe, salvo casos específicos, como podría ser la transexualidad, en la terapia hormonal sustitutoria (durante, por ejemplo, los procesos de pre menopausia, menopausia y post menopausia o tras intervenciones quirúrgicas como la histerectomía), y en las terapias llamadas “antiaging” (aquellas que buscan paliar los efectos fisiológicos propios de la edad). Las mujeres, y esto empieza a ser conocido, también generamos la hormona testosterona en niveles variables aunque normalmente en cantidades que se sitúan sobre la décima parte de la que generan los hombres. Los caracteres sexuales secundarios (aquellos que conforman una apariencia de distinción entre los sexos), por ejemplo, son fundamentalmente propiciados por la producción hormonal y, dentro de ella, la testosterona interviene de manera determinante en ambos sexos.

Pero además de eso, la testosterona, o su falta en este caso, es en gran medida responsable de muchos otros factores que afectan nuestra calidad de vida; desde la falta de tono vital, el cansancio, los sofocos tan propios de la menopausia, la pérdida de masa muscular o el incremento de tejido graso, alteraciones en el sueño, densidad ósea, producción de vello y, cómo no, disminución de la libido y/o alteraciones en la respuesta sexual. Y ante esto último, que suponemos caracterizará de “sexual” a lo del “chip”, la testosterona se muestra y actúa como especialmente vigorizante; su función hormonal es capital para mantener unos niveles óptimos de nuestra libido. Aunque conviene no olvidar una cosa, visto cómo el paradigma biológico (al que no parece faltarle testosterona) se ha hecho fuerte en la comprensión de lo humano; nuestros mecanismos deseantes son mucho más complejos que los del mencionado botijo. Si bien es indudable la función bioquímica de la testosterona en estos aspectos de nuestra condición sexuada, no hay que olvidar que la sinergia bioquímica (y no sólo una hormona), así como los procesos culturales, son absolutamente determinantes en que una mujer sienta o no deseo erótico (una buena dosis de hormonas no siempre sustituye a un razonamiento atinado). Valga para recordar lo dicho el poco recorrido terapéutico que ha tenido lo que se presentó como la revolucionaria nueva “Viagra” femenina (sin que los “publicistas” del producto parecieran saber muy bien para qué servía la Viagra), que vendría a subsanar todos los problemas del deseo hipo activo de las mujeres y que no era nada más que parches de testosterona.

¡Cuidado con la utilización “lúdica”!

El que este tratamiento de testosterona (en la que se suele ya emplear la que hoy se conoce como “bioidéntica”, pues su composición es muy similar a la que producimos) haya empezado a popularizarse y ponerse de moda con la denominación de “chip sexual” se debe a que apunta (como ocurre, por ejemplo, con la citada “Viagra”) a la posibilidad de que se produzca con él cierta utilización digamos lúdica para potenciar los ardores guerreros. A tal efecto, conviene recordar que sólo un especialista médico puede, cuando lo estima conveniente y tras un historial clínico que comprende una serie de extensos análisis, recomendar su uso e implantarlo (mediante una pequeña incisión con anestesia local en el abdomen, cadera o glúteos) si estima que esa vía es la más conveniente. Y es que los efectos secundarios que puede ocasionar una incorrecta dosificación de testosterona, o un inapropiado uso de ella, no siempre son una broma que se pueda remitir a que te salga pelo en las orejas, con lo que su manejo debe ser siempre profesionalmente supervisado… Y es que hasta para beber en un botijo hay que tener cierta maestría.

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