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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

¿Cómo evitar que nuestros hijos nos pillen durante una interacción sexual?

Los afrodisiacos siguen siendo, a día de hoy, poco más o menos que elucubraciones alquímicas, pero si lo que sí existe es el antiafrodisiaco natural; nuestros hijos pequeños. Mantener una interacción sexual con nuestra pareja y el padre de nuestros hijos en el domicilio conyugal y con chavales pequeños revoloteando por la zona es una tarea poco menos que titánica, que requiere de una inventiva y un ingenio dignos de todo elogio. Conseguir hacerlo de manera regular, lo de interactuar sexualmente con nuestra pareja, ya es para reescribir la conquista de Troya. Muchos son los factores que dificultan el encuentro amatorio y sobre los que ya hemos hablado con más extensión en otros artículos y que fundamentalmente se sintetizan, sobre todo en los primeros años de edad de nuestros hijos, en uno; la histeria pulsional del sobrevenido y nuestra necesidad inaplazable por atenderla. Nuestros hijos e hijas pequeños, aún pasada la fase de bebés, requieren una atención constante y nuestra atención sólo parece dirigirse a ellos, con lo que cambian los hábitos de rutina, la privacidad se dispersa si no desaparece, atendemos menos a quien nos acompaña y nos fatigamos, nos fatigamos como mulas de carga con lo que el sobre esfuerzo, por gozoso que sea, de encamarnos para una refriega, deja de ser una de nuestras prioridades. Pero hoy nos vamos a centrar en una inquietud concreta; el ser vistos por nuestros hijos en plena y apasionada entrega carnal.

Estabilidad emocional y vital es lo que exige y le debemos dar a un niño

Y es que la situación de que tu hija pequeña, en sus primeros años de comprensión de aquello del “¿qué hago yo aquí?”, te pille con su papá en modo embestida, por más que pueda tener algún componente jocoso, la verdad es que tiene muy poca gracia. Y no la tiene para nosotros, pues nos corta el rollo como si se nos hubiera caído el techo encima, y además, nos genera un constante miedo anticipativo sobre el que pueda volver a suceder, pero tampoco la tiene para el pequeño o la pequeña que, lejos de interpretar esa situación como de amor y cariño familiar, lo va a entender casi siempre como algo incomprensible, que le rebasa y que, por tanto, le causa una significativa zozobra e inquietud. Ver u oír (normalmente incluso es peor oír) a nuestros padres en plena tarea emitiendo sonidos, jadeos y grititos incomprensibles y debatiéndose como si se estuvieran robando mutuamente la cartera, es algo que, para todas las que lo hemos experimentado, nos dejó y nos ha dejado muy mal cuerpo. Lo que traumatiza a un niño y condiciona con ese trauma que no puede simbolizar el resto de sus vidas es un misterio que depende mucho más allá del hecho en sí, de cómo el incipiente sujeto va a conseguir sujetarse a partir de su proceso de subjetivación. Es evidente que hay situaciones traumáticas, normalmente relacionadas con la violencia de diversos tipos, que pueden inducir a un trauma que, al reprimirse, hace que al chaval a lo largo de su desarrollo, lo sintomatice (como “solución” o “parche” a ese conflicto que se le hace irresoluble por incomprensible) en las manifestaciones y conductas más curiosas (y, en ocasiones, inquietantes) que podamos imaginar, pero no es menos cierto que casi cualquier cosa que vivimos en nuestra infancia puede inducir a este proceso traumático por más que a nuestras hijas e hijos lo tengamos entre algodones. Con ello quiero decir que el que nuestros hijos nos pillen, de alguna manera, haciendo el amor no es inevitablemente sinónimo de que lo hayamos traumatizado de por vida, pero que tampoco es muy conveniente que nos olvidemos de intentar blindarlo especialmente en su niñez de participar de esa experiencia. Digo en esos primeros años porque es en ese momento que ya no es un bebé pero tampoco un sujeto, cuando más esfuerzo le exige sintetizar e integrar lo que le sucede alrededor y especialmente lo que sucede dentro de su centro de acogida primario (la familia y por extensión, nosotros sus padres) del que exige una estabilidad emocional y vital que lo ampare de cualquier sobresalto, de cualquier circunstancia que ponga en cuestión el que, mientras mamá y papá están aquí, no puede pasar nada. Después, cuando nuestra hija o hijo se haya abierto al mundo, a la exterioridad de la familia, a la diversidad de lo humano y haya podido comprender y asimilar en su conciencia lo que es su propia condición sexuada, y asociar una interacción sexual más a un acto de cariño y goce que a uno de violencia y dominación, si nos sorprende en esa situación, lo más probable es que sienta asco y rechazo, pero nada que, pese a rechazar con contundencia, no pueda asumir sin mayores dificultades.

Las soluciones: son diversas y apelan al sentido común y la prudencia

Las soluciones para evitar esa posibilidad de ser pillados en el “acto” son diversas, como se comprenderá, ninguna estandarizada pues deben adaptarse al sentido común y la prudencia de la propia pareja y sus circunstancias y tampoco garantizan ninguna ni siempre el éxito (lo único que más nos asegura salir airosos es que los niños no estén en la misma vivienda donde interactuamos). Hay parejas que optan por intentar hacer explícito a los pequeños que la situación se produce y que ellos no deben intervenir (por ejemplo, poniendo en la puerta del dormitorio un aviso), pero ya se sabe, los pequeños sienten con la misma intensidad el terror como la curiosidad, por lo que difícil será que no arrimen al menos el oído a la puerta para percatarse sobre aquello que no deberían percatarse. Así y con todo ánimo, pues la ecuación maneja variables difíciles de resolver (evitar un posible trauma al pequeño pero no por ello dejar de amar sexualmente a mi pareja) y que requieren ingenio, astucia y un buen conocimiento de la situación… Y, quizá lo peor de todo, es que si habéis decidido tener hijos, ésta va a ser una de vuestras preocupaciones menores.

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