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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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La diferencia entre “sádico” y “sadiano”

Es archiconocida la anécdota que en el Senado protagonizaron Xirinacs y Camilo José Cela. Cuando el primero, durante su discurso, se percató de que el segundo se había quedado dormido, le interpeló indicándole esa circunstancia. “¿Está usted dormido?”, a lo que el otro le contestó que no, que estaba durmiendo. Sorprendido, el “mossen”, volvió a preguntarle; “¿Y no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo?”, a lo que el escritor le aclaró; “No, monseñor, son cosas distintas; no es lo mismo estar dormido que durmiendo como no lo es estar jodido que jodiendo…” Chiste aparte, pues lo cierto es que sí es lo mismo estar dormido que durmiendo, la verdad es que la forma en la que se expresa un término puede marcar, de manera clara, el sentido de lo que se quiere exponer. Este es el caso de dos términos como “sádico” o “sadiano”.

Lo sádico” y el Marqués de Sade

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Sádico” hace referencia a aquel que mantiene una actitud de inusitada crueldad con la que además obtiene placer al ejercitarla. Como término, toma su nombre de la obra del Marqués de Sade y en especial de todos los aspectos de extrema violencia y regocijo en la crueldad que en ella se narra y que tienen como fin último el vulnerar cualquier ley moral creada por los humanos, al efecto de dotarnos de un marco que nos proteja frente a los instintos de violencia ejercida con crueldad por parte de alguno. De hecho, ese es el propósito “filosófico” de la obra de Sade; el negar cualquier acuerdo que intente controlar o corregir lo que el planteamiento entiende como una inclinación “natural” a producir el mal y gozar de ello. La voluntad de “goce” (haciendo el mal a los demás), según su planteamiento, no puede ser entorpecida y mucho menos reprimida de ninguna manera por una “antinatural” aprensión de orden moralista. Así, tenemos dos cuestiones fundamentales para entender la diferencia terminológica; esos inimaginables planteamientos se hacen en “la obra de Sade”, y esos planteamientos se basan en la destrucción de cualquier acuerdo, consenso o pacto que puedan establecer dos humanos entre sí o un colectivo humano entre los miembros, precisamente porque el “goce” está en eso, en vulnerar el acuerdo. No hay ninguna duda, entonces, que la obra de Sade es sádica en lo que entendemos por ese término. Pero ¿y Sade?, ¿era Sade un sádico? Pese a los múltiples juicios a los que se vio sometido a lo largo de su vida y a sus numerosos encarcelamientos, nunca se pudo demostrar que nada de lo que Sade relata en sus obras lo hiciera en la vida real (todo lo más se le acusó y pareció probado que, en una ocasión, intoxicó involuntariamente a unas prostitutas por el empleo de un afrodisiaco, “la mosca española”, el insecto llamado cantárida, empleada con frecuencia en la época sin tener en cuenta que podía ser una potente toxina). Entre sus múltiples escritos de defensa podemos leer; “He sido y soy un libertino, lo reconozco; he concebido y escrito todo cuanto se puede pensar de la vida libertina, pero yo no he realizado lo que he escrito. Soy un libertino, pero no un malvado; y menos, un criminal”. De hecho, si murió en un lugar de encierro no fue en una cárcel sino en un manicomio (el asilo para locos de Charenton). Sade murió apartado de lo sociedad, no por lo que hizo sino por lo que imaginó que podía hacer. La obra de Sade es sádica pero Sade no. Esa distinción entre lo que uno puede imaginar que puede hacer (su fantasía sexual) y lo que quiere llevar al acto (lo que desea sexualmente) es clave para el asunto.

En la erótica BDSM, no hay “sádicos” sino “sadianos”

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El segundo punto clave es el que hace referencia a que el sádico obtiene su placer de ejercer el mal pero del mal que transgrede el acuerdo. Eso es inconcebible en una erótica; cuando, por ejemplo, se comete una violación no hay sexo, hay un delito. Y hay un delito porque un hijo de perra (sádico) no ha respetado el acuerdo de no ser violada. Toda relación sexual se basa en un acuerdo, en un pacto, en un consentimiento, en una “ley” que lo regula, si ésta se vulnera no hay relación sexual. Tomemos, por ejemplo, las eróticas del BDSM; si en realidad fueran sádico- masoquistas no serían una erótica, pues el fundamento del BDSM es “sano, seguro y consensuado “y si hay consenso a respetar, ya no hay goce para un sádico. Por lo tanto, ningún sádico practica BDSM, aunque gente que imagina, representa o elabora fantasías sádicas, es decir, sadianos. Esto ya lo apuntó en un interesante ensayo el filósofo francés Gilles Deleuze. Por el contrario, el masoquista, el que sigue los precepto de Leopold Von Sacher-Masoch sí tiene el acuerdo por principio, un acuerdo donde se marcan las obligaciones y los límites del mismo (baste leer “La venus de las pieles” para ver que toda la representación masoquista se basa en el acuerdo escrito entre Wanda y Severin).

Una diferencia conceptual fundamental

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Con estos dos puntos se entiende bien la necesidad conceptual, especialmente en la comprensión del hecho sexual humano que estudia la sexología, de diferenciar al sádico del sadiano y que podría resumirse en el que un sádico nunca establecerá un vínculo erótico, de amante, con otro ser humano (ni siquiera lo considerará humano sino un simple objeto para su gozo), pero un sadiano, con toda su complejidad fantasiosa y transgresión imaginativa, sí… Y es que un sádico sólo entiende de joder y de dejar al otro jodido pero nunca de “follar” (y, por tanto, de amar de ninguna manera).

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