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Taller de Lectura

El blog de Mara Malibrán

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Amar una montaña

“Hay que utilizar los sentidos. Para el oído, lo más importante que puede escucharse aquí es el silencio”. La montaña viva.

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Salir del cuerpo y entrar en la montaña. En sus entrañas. Y vivir las sensaciones de ese viaje. La de la altitud, la del movimiento, la de los seres que la conforman: la roca, el aire, el agua; y la de los que la habitan, los animales, los insectos, las personas. Esta es la experiencia que se narra en este libro inmenso, que ya es una especie de Biblia para los seguidores de lo que los anglosajones denominan nature writing, un género en prosa ajeno a la ficción, que a través de reflexiones y experiencias, intenta responder a la llamada de la naturaleza.
La escritora escocesa Nan Shepherd (1893-1981) recorrió a pie durante años la cadena montañosa de los Cairngorms. Escribió este testimonio a finales de la II Guerra Mundial, pero no lo publicó hasta varias décadas después; y pasó sin pena ni gloria, porque ya los grandes santones del género, Bruce Chatwin y Patrick Leigh Fermor, lo habían monopolizado.
La palabra de Shepherd nada tiene que ver con la de ellos, realistas y alejados de todo misticismo. Ella está más cerca de la poesía de Holderlin y del “qué es el ser” de Heidegger que de la épica de la aventura masculina. Hay que leerla con la quietud que exige la poesía; su prosa es lírica, pero siempre precisa: “El agua, esa materia blanca y fuerte, puede verse aquí en su esencia. Como todos los misterios profundos, es tan simple que me da miedo […]. No hace nada en absoluto, salvo ser ella misma”. La alpinista duerme al raso y pasea a cualquier hora, y advierte que va a la montaña por estar con ella, igual que cuando se visita a una amiga, solo que allí se vive otra vida, la de los sentidos, y la visita cada vez es diferente: “El ojo ve lo que no había visto antes o ve de una forma nueva lo que ya había visto.” Lo que Nan descubre y nos lo hace saber es que penetrar en la esencia de la montaña significa hacerlo en uno mismo.

 

RELATOS FABULOSOS: Insólitas. Edición de Teresa López-Pellisa y Ricardo Ruíz Garzón, Páginas de Espuma.

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Como se dice en la estupenda introducción, lo insólito es que esta antología, escrita por mujeres latinoamericanas y españolas, sea pionera. No obstante, la espera ha merecido la pena. La quiebra de la convencionalidad de lo real a través de la fantasía, la ciencia ficción o el terror, genera una creatividad que altera todas las categorías. Entre los 28 relatos, sugiero un picoteo de entrada que vaya de Cristina Fernández Cubas a la mexicana Raquel Castro, Mariana Enríquez, o la catalana Laura Fernández.

 

UNA BUENA HISTORIA: La prohibición del Jade. Miguel Dueñas, La Huerta grande.

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Aquella definición de la novela, tantas veces olvidada, como el arte de contar una historia, se recupera con relatos tan redondos como este, y nos reconcilia con un género que vive ensimismado en la autoficción. En una reserva india, la yema de un pulgar cortada aparentemente por accidente hilvana una formidable historia de rencor y lealtades, a través de la mirada de Winston, el hermano de la protagonista. Una trama bien trazada, con una prosa persuasiva y cuidada que nos envuelve.


 

Además…

 El antihéroe globalizado
La novela: geografía del dolor
La gallina y el ama de casa

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