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Comerse el mundo

El blog de Raquel Sánchez Silva

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San Telmo, mi rincón en Buenos Aires

No lo considero una manía, más bien un juego. Encontrar mi lugar dentro de las ciudades que visito. Tengo mi rincón en Tokio, Kathmandú, Hong Kong, Estocolmo, Copenhaghe, Londres, Nueva York… Escogido mucho más por las vivencias o por lo que sentí en ellos al verlos por primera vez que por su belleza o su fama.

Ese rincón puede ser una calle, un café o la azotea de un edificio. El hall de un hotel, una estación de Metro, un árbol en medio de un gran parque. El juego consiste en que creo que siempre llegaría a ellos sin mapa, me soltaras donde me soltaras, dentro de esa ciudad. Hay una especie de guía que se queda en la memoria cuando una nueva ciudad entra en tu vida y eso, aunque nos sintamos perdidos, aguanta el paso del tiempo.

Mi rincón en Buenos Aires es el barrio de San Telmo. La primera vez que pisé los adoquines de sus calles y vi la plaza al fondo, con sus farolas y su tango, supe que era mi lugar urbano en Argentina. No puedo visitar esa magnífica ciudad sin pasar un ratito por San Telmo. Mis dos horas porteñas más deseadas son las que invierto dentro de las tiendas de antigüedades del barrio, rebuscando entre cristalerías, cuberterías, menaje, lámparas, cuadros, esculturas, mobiliario…

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Como vivo tan cerca  por la vida y tan lejos por los kilómetros de la misma ciudad, Buenos Aires, siempre me traigo algo de San Telmo a la vuelta. Desafortunadamente no puede ser nada demasiado grande pero sí, un detalle. Esta vez, ha sido una jarra para el agua antigua, con un enfriador interior de cristal. Un pedazo de San Telmo para que recuerde que, pronto, volveré.


Además…

El cerro tronador
La Angostura y los arrayanes. El agua verde
Un baile en Bariloche

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